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Reloj, soledad: desarma y sangra

La última película de César González, Reloj, soledad nos presenta una protagonista sin nombre que se mueve entre prescripciones, controles, tiempos de producción y castigos sociales. Realizando tareas de limpieza en su espacio de trabajo roba el reloj pulsera de su jefe. “Así, la protagonista roba un tiempo. Y uno muy específico. El tiempo vinculado a la producción, ese que la deja programada, encorsetada y oprimida en el terreno del deber-ser” dice Victoria Lencina en esta reseña.

11 junio, 2022
en Cultura
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Reloj, soledad: desarma y sangra

Por Victoria Lencina *

I. Desarmar: lo que no se puede nombrar 

En las películas de César González ciertos asuntos que generan incomodidad encuentran su punto de fuga. La marginalidad, la reinserción social, la violencia institucional son solamente algunos de los temas que el director representa en sus películas. Son asuntos que a nivel social nos interpelan, nos incomodan, nos alteran, nos dejan a la deriva y nos angustian. La angustia de no saber qué se hace con esos asuntos que nos atraviesan ni con su reproducción calamitosa y cotidiana en las imágenes televisivas, en las noticias de los diarios, en la pantalla del celular. En este sentido, el director va allanando el camino, lo despeja de las prescripciones del sentido común, lo desbroza de prejuicios y estigmas y lo desmigaja de normativas para poner en acto una lectura otra, una representación contra-hegemónica. 

Los asuntos que se ponen al descubierto en su última película, Reloj, soledad, se sintetizan en su título: tiempo(s) y soledad. No hay un tiempo único. Hay distintos tipos de tiempos, intensidades y gradaciones temporales articulados a ciertos aspectos de vida. Por un lado, tiempos que apremian, que se oxidan, que se evaporan y tironean el alma y, por otro lado, una soledad que se expande, se ramifica y pareciera siempre encontrar un hueco para seguir subsistiendo. Aquí González pone en acto una relación entre la concepción de “tiempo” y la de “soledad”. Como si la soledad fuera una hora de llegada, esa misma en la que el cu-cú del reloj de agujas comienza a canturrear. La soledad como un tiempo alcanzado que desborda el alma o bien la soledad como un tiempo de clausura que nos conecta y aproxima con el fin.

La protagonista de Reloj, soledad no tiene nombre ni apellido, tampoco se escuchará a nadie pronunciar su apodo (si es que lo tiene). Se trata de una mujer joven de cabellos verdes y azules que se mueve en el anonimato. Vive en Villa Domínico y cumple horarios estrictos en una imprenta donde realiza tareas de limpieza. Este personaje interpretado por Nadine Cifre presenta una postura cabizbaja, un carácter taciturno y un rostro desencantado. Portará una actitud desafiante en la parada del colectivo, más precisamente en la del 98, cuyo ramal 116 es el que más tarda en llegar. Entonces, ella espera apoyando su delgado cuerpo contra el poste de la luz, encorvando la columna, colocando sus manos sobre las piernas, sentándose de cuclillas en el medio de la calle mientras las líneas expresivas de su cara denotan un auténtico gesto de fastidio. 

No es menor el hecho de que el personaje principal de la película no sea nombrado. Y aquí es importante remarcar una diferencia de sentidos. No se trata tanto de que la protagonista no posea un nombre (ya que seguramente lo tenga), sino de que se elige no nombrarla. Su jefe, su compañera de trabajo, su vecina, su madre, sus conocidos jamás pronunciarán su nombre. En primera instancia, podríamos pensar en el anonimato al que nos conminan los grandes sistemas de producción, el mercado y el capitalismo, sin embargo en la película de González se puede percibir algo más que simplemente eso. Lo que la protagonista expresa con su cuerpo (lo cabizbajo, lo taciturno, lo desafiante, lo desencantado) pareciera no tener nombre, no hay palabra que alcance para definir y precisar su estado corporal y anímico (es decir, lo relativo al alma). Y si se la nombra sería caer en el reduccionismo del sentido común, es decir, sería etiquetarla como un todo compacto y completo. Y la soledad, al igual que el tiempo, tiene gradaciones y matices. Es imposible pensar en un único tipo de soledad. Quizás sea nada más ni nada menos que la soledad vinculada al tiempo del alma lo que el personaje de Nadine Cifre represente en la pantalla grande. Una soledad que se escurre, que no se deja atrapar, que es difícil de nombrar y que desborda. Una soledad que ha llegado a la vida de este personaje o bien a la que le ha tocado el tiempo de descuento. Recuerdo un pasaje de El entenado de Juan José Saer que describe con agudeza una circunstancia semejante: “esa noche, mi soledad, ya era grande, se volvió de golpe desmesurada, como si en el pozo que se ahonda poco a poco, el fondo brusco, hubiera cedido, dejándome caer en la negrura”.

Lo insolente y desmedido del “tiempo soledad” va encaminando a la protagonista a ponerse en juego y, por tanto, en riesgo. No es casual que las tareas laborales desempeñadas por ella estén relacionadas con el aseo, la higiene, la desinfección y el orden de la sala de máquinas y de la oficina del director de la imprenta. Limpiar el espacio de trabajo, expurgar las imperfecciones, barrer el polvo, quitar las manchas, erradicar los restos de papel, extirpar las telas de araña, en definitiva, suprimir y eliminar cualquier rasgo de otredad que implique un desvío de las normas y mandamientos. En una de las jornadas laborales, la protagonista decide ponerse en juego y dejar su marca al robar el reloj de su jefe, ese que siempre deja en el escritorio de la oficina. En el aseo habitual, ella “barre” con ese algo del otro que inquieta (un reloj pulsera que la controla), lo saca como quien quita una mancha de la mesa, y al sacarlo se lo apropia. El acto del robo se entrelaza entonces con el acto de limpiar.  Así, la protagonista roba un tiempo, el tiempo vinculado a la producción, ese que la deja programada, encorsetada y oprimida en el terreno del deber-ser.

II. Sangrar: tiempo de producción y desvíos

En la imprenta donde trabaja el personaje interpretado por Nadine Cifre el golpe acompasado de las máquinas va configurando un tiempo de producción. En la banda sonora, ese ritmo mecánico y percutivo tiene una fuerza heurística en tanto crea una canción de música electrónica. Lo automático de ese sonido repercute en el cuerpo de la protagonista. Ella es un engranaje más no sólo de las máquinas, sino también y, sobre todo, de un sistema donde los moralismos están a la orden del día. Por eso la empresa contrata personal para tareas de aseo y mantenimiento. “Mantenimiento”… mantener el orden y la estabilidad, que nada vinculado a los bienes del empresario se empaste o se contamine con lo de los/as trabajadores/as. Siguiendo esta lógica se vuelve una necesidad el acto de limpiar. En otras palabras, ese tiempo y ritmo de producción cronometrado, vigilado, compacto y opresivo no admite desvíos. Lo que se sale de quicio, lo que altera el orden, lo que mueve el tablero del deber-ser y desorienta recibe un castigo. Y la protagonista de Reloj, soledad decide desviarse. En una escena maravillosa ella atraviesa las vías del tren con el semblante firme y aguerrido, ella corta el paso férreo de las vías del tren, lo pisa, lo exprime, lo estruja, lo aplasta, lo quiebra, lo altera. 

Robar el tiempo es inadmisible en una sociedad que dicta prescripciones. Y en la última película de César González la soledad se expande mientras los tiempos de producción apremian, domestican y adoctrinan. Es interesante el modo de enhebrar planos que tiene González. Planos de conjunto de hinchas de Arsenal cantando en una esquina, pibes haciendo Willy con la moto, jóvenes bailando y comiendo en un bar al ritmo de “Un poco de amor francés” de los Redondos se articulan a planos cerrados de la protagonista durmiendo en una cama, bañándose con el agua que quedó conservada en una botella, fumando un pucho delante de un altar religioso (esta imagen es impactante porque ella pareciera estar santificada). Los planos de conjunto o planos generales que nos muestran escenarios de Villa Domínico y Sarandí no tienen una finalidad “paisajista”. El plano del arroyo de La Saladita es concomitante al aspecto de lo puro y lo contaminado. Y el travelling que muestra el mural en homenaje a Diego Maradona, cuya leyenda cita al “Potro” Rodrigo: “regó de gloria este suelo” tampoco lo es. Porque precisamente en ese aspecto de lo popular y de lo sagrado se inscribe el acto de rebeldía de la protagonista. El acto del robo del tiempo viene a poner en crisis ese sistema opresivo donde lo sucio tiene que ser purificado, ella viene a alterarlo y a despedazarlo. 

Imperativos que se inscriben en stickers que dicen “acá no grites”, indicativos que se deslizan en los consejos maternos, mandatos que señalan hacer lo que es debido y advertencias que precisan que en caso de no hacerlo se recibirá un cruel castigo. Prescripciones de nuestra sociedad contemporánea y el terreno del deber-ser. Contra esos discursos hegemónicos batalla día a día la protagonista de Reloj, soledad. Por eso fumará en el comedor a pesar de que su madre le indique lo contrario y robará el reloj de su jefe cuando el pacto social establezca que es un delito. En esas situaciones la banda sonora sobresalta y la música electrónica da paso a una melodía de free jazz que se desvía de lo reglamentado tal como sucede con el camino de la protagonista. Rememoro un fragmento de “Soledad” de Jorge Drexler: “Ya pasó. Ya he dejado que se empañe la ilusión de que vivir es indoloro. Qué raro que seas tú quien me acompañe, soledad. A mí que nunca supe bien cómo estar solo”.

Reloj, soledad de César González puede verse todos los jueves de junio a las 20 hs en el Centro Cultural de la Cooperación. Adquirí tus entradas en: http://www.alternativateatral.com/obra78649-reloj-soledad

 

(*) Licenciada en Artes. Columnista de Abramos la Boca (lunes a viernes de 16 a 18)

Tags: César GonzálezReloj soledad
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