Por Mariela Pugliese Lacorte*
Fue un año raro, marcado por el coronavirus, la pandemia y las crisis que desató. Pero el sistema de medios no se transformó ni las empresas de medios dejaron de operar como lo hacen siempre. Utilizando, precisamente, cada situación, cada grieta, para llevar agua para el molino de los poderosos.
La grieta que horada la piedra
Una constante en los medios argentinos, para la cual se encuentran ejemplos cotidianos con sólo ver Clarín, La Nación o TN, es la permanente intencionalidad de romper la unidad que permitió que el peronismo esté gobernando actualmente. Si hay alguna duda acerca de la necesidad de presentar y construir un frente común, más allá de las diferencias y de lo que haya que conceder, es la feroz campaña que se viene ejerciendo desde los medios hegemónicos para que se produzca la fractura. Para empezar el año, La Nación avisa en mayo que “Alberto Fernández y Cristina Kirchner, la nueva grieta” es lo que va a primar en las editoriales del diario. Y no nos olvidemos que los títulos de los diarios impresos hoy van dirigidos a marcar la agenda también de lxs funcionarixs y la política, no sólo de la opinión pública. Por eso, en un acto casi de apriete psicológico, La Nación y Clarín se unen para llegar a fin de año con decenas de títulos que pretenden hacer dudar a propios y ajenos de la autoridad presidencial: “Alberto Fernández, arrinconado una vez más por Cristina” (LN –11/12/2020), o “Cristina exige cambios ya y Alberto resiste” (Clarín – 19/12/2020), son apenas botones de muestra de la intención que primó durante todo el 2020 en la manera en que los medios empresariales quieren mostrar al gobierno.
El coronavirus. Del monotema a la herramienta política
La predominancia del tema de la pandemia los primeros meses después del cierre de marzo es innegable y no se limita a los medios argentinos. Se pasó del riesgo de la infodemia (esa sobreabundancia de información que se mezcla con rumores y fake news) a la utilización de la crisis para cuestionar la acción de los gobiernos no sólo en políticas de salud, sino en general. Esto tuvo una particularidad en Argentina, ya señalada más de una vez, que fue la utilización de la política de la “cuarentena” (el aislamiento primero, el distanciamiento después y las fases que tiene) como el eje de los problemas económicos y sociales consecuentes, en lugar de atribuirlos a la pandemia (como se demuestra estadísticamente en el mundo). Por otra parte, la afinidad del rol de algunos medios agitando discursos anticuarentena con la necesidad de las industrias y el poder económico de no parar ni un momento la producción ni la circulación, parecen mostrar, una vez más, que la propiedad y las alianzas de los medios con el poder económico marcan la agenda del periodismo “libre e independiente”.
Por otra parte, también podríamos hablar de la despareja comunicación gubernamental sobre el tema. Inicialmente con una comunicación y diálogo frecuente con la población, donde se informaba de los pasos a seguir, hasta llegar a un momento en donde está información difiere según el o la funcionaria con quien se hable (presidente incluido), lo cual no ayuda mucho a la tranquilidad general y a la posibilidad de desarrollar cursos de acción (o de opinión) claros.
Pauta publicitaria. Cambian los gobiernos, no cambia la distribución
En relación a los medios empresariales, los cambios de gobiernos pueden hacer variar los porcentajes de la torta publicitaria oficial que se derivan para cada medio. Pero los medios sin fines de lucro siguen dependiendo de discursos de caridad y acciones de entrega ínfima de recursos que ni siquiera se puede denominar redistribución. En el caso de la pauta publicitaria, que es uno de los pocos ingresos provenientes del Estado por los que no hay que rendir explicación una vez recibidos, los medios comunitarios todavía no pueden considerarlo como una parte relevante de su sostenibilidad.
La necesidad de regulación de pauta publicitaria oficial (y por qué no, privada) sigue vigente y sigue siendo reclamada con varios proyectos presentados en numerosas ocasiones. Para esto hay que seguir discutiendo algunas cuestiones (como la distribución según audiencia, por ejemplo), pero en muchos casos son argumentos para cerrar el debate que en la práctica ni siquiera se respetan.
Un caso de esto es la distribución de la pauta publicitaria oficial del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que ha mostrado predilección por inversiones cuantiosas en medios afines al blindar mediáticamente a Rodríguez Larreta, que no distinguen en llegada numérica ni audiencia, sino en su incidencia como formadores de opinión (dos variables distintas) y como amigos del gobierno.
Por si nos caben dudas acerca de la escala de valores en los momentos de crisis, en el presupuesto 2021 de la Ciudad, con la excusa de compensar los puntos de coparticipación perdidos, se reducirán las partidas para educación en un 6%, pero…. la publicidad oficial tendrá un aumento del 30%. ¿Dónde se repartirá ese monto con un aumento que casi equipara la inflación? Dudo que la respuesta nos sorprenda.

Redes sociales y grandes plataformas de contenidos. La regulación necesaria
2020 fue el año en que Estados Unidos volvió a desempolvar sus leyes antimonopólicas. Y no es sólo Trump el que lo pregona (aunque siempre sea más vociferador y visible). Por primera vez, el Congreso de EE.UU sentó a las cuatro gigantes tecnológicas (Google, Amazon, Facebook y Apple) para que dieran explicaciones sobre sus modelos de negocios. Y las denunciaron por abuso de posición dominante en el mercado. Están incluso reclamando que Facebook se deshaga de Instagram y WhatsApp (sí, no es sólo al pobre Clarín que se le pide que no sea monopólico).
A estos reclamos contra la concentración se suma la necesidad que tengan límites y regulaciones incluso en el manejo de contenidos y en la discrecionalidad con la que publican o censuran a los usuarios. En mayo, Trump modificó la Ley de Decencia en las Comunicaciones, que ofrecía protección legal a plataformas como Facebook, Twitter y YouTube, y les permitía censurar el contenido publicado. Ahora esta inmunidad legal está limitada y las empresas no podrían tener tanta incidencia en seleccionar las políticas de censura o visibilización de lxs usuarixs. Más allá de la situación puntual que desató este decreto (la censura de Twitter al propio Trump) esta decisión va en línea con el debate acerca del creciente poder y el poco límite que están teniendo las redes sociales y las plataformas de contenido para operar sobre la opinión pública y la circulación de la información.
La discusión de las regulaciones sobre la concentración, el manejo y autoría de los contenidos, los derechos laborales e incluso la de publicidad en estas plataformas y redes tecnológicas, sumado a la necesidad de establecer normas impositivas, está muy activa en la Unión Europea y empieza a cobrar fuerza en EE.UU. Prestemos atención, porque seguramente empiece a discutirse más activamente en América Latina en poco tiempo.
Y murió Diego
Hay mucho para decir de cómo los medios mostraron y seguirán mostrando las infinitas facetas de Diego. Pero lo que me queda como balance es que la muerte de Diego no es el fin de una etapa, como se dijo en algunas partes. Es la muestra de que en la vida de los pueblos también es fundamental la esperanza, la alegría, el coraje. La vida de Diego, y lo que él generó en tantas personas es la presencia de la dignidad y de la belleza. De conmoverse por eso. De pararte frente a la injusticia del mundo, aunque seas el más grande. Y los medios comunitarios tenemos que tener eso siempre presente, porque la denuncia sin alegría y la catástrofe sin esperanza, o llaman a la fuerza, sino que generan desamparo, e indiferencia. Hablemos también de la fiesta. Y juguemos. Así se despiertan los corazones.
* Comunicadora. Ex Presidenta de FARCO (Foro Argentino de Radios Comunitarias). TW: @maripugliesebf.











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