Por Carlos Aira
La noche de Miami fue trepidante, no apta para cardíacos ni para aquellos que no gusten de las emociones fuertes. Argentina jugó al filo de la navaja, que es lo mismo que decir al filo de la eliminación. En el Miami Stadium, la Albiceleste se mostró como ese campeón de boxeo al que el retador conecta y deja groggy. Si bien el campeón del mundo siempre fue superior, se topó con un dignísimo equipo africano que igualó el marcador dos veces, forzó el alargue y transformó el partido en una moneda al aire. Por suerte, el último golpe lo conectó el Cuti Romero para sellar el 3 a 2 definitivo. Por suerte…
Vamos a partir de una base: los caboverdianos encararon el partido de sus vidas y lo jugaron a la perfección. Su clasificación no fue producto del azar: saben a qué juegan y lo hacen bien. Realmente bien. Tan bien que igualaron dos veces el marcador y las manos de Dibu impidieron un tercer empate. No cabe dudas: como espectáculo, el partido tuvo casi todos los condimentos que hacen del fútbol un deporte hermoso; para los ojos argentinos, el triunfo final maquilló una noche donde se prendieron las alarmas.
Dicho esto, comienzan nuestras cosas. El andar de Argentina en esta Copa del Mundo está sembrando dudas justo donde intuíamos que podían aparecer: la defensa muestra fisuras. Y no es solo un tema de condición física, sino de desacoples tácticos. Scaloni y sus jugadores no han logrado contrarrestar los pelotazos cruzados, que hoy por hoy son el talón de Aquiles del equipo.
Pero en Miami se sumó un nuevo problema. Ante el cerrado esquema defensivo de Cabo Verde, los volantes internos argentinos fallaron: no hubo ruptura por adentro, faltó gambeta y escaseó la media distancia. El ataque se limitó a buscar por afuera el espacio que dejaban los muchachos de azul; demasiado poco para un equipo que pretende retener la corona en un Mundial de tan alto nivel.
Un ejemplo claro de esto fue la decepcionante actuación de Thiago Almada. Reemplazar a Ángel Di María es una utopía, sencillamente porque la velocidad, precisión y remate del rosarino lo hacían un jugador único. Thiago es control y gambeta, todo lo que brilló por su ausencia en Miami: nunca fue opción de ataque y tampoco colaboró en el retroceso. En contrapartida, el ingreso de Nico González—a pesar de su habitual imprecisión en el cierre de las jugadas— le aportó al equipo una verticalidad necesaria.
Habrá que ajustar las clavijas con urgencia ante los desacoples defensivos de los laterales y la falta de cobertura de los centrales cuando van a las bandas. Los rivales ya se avivaron de que el Cuti y Lisandro suelen salir a romper hacia adelante, y están explotando que el relevo en los costados está fallando. Es una realidad: Di María ya no está. En este trienio (23-26) estamos viendo un equipo diferente al del bienio dorado (21-22). No se trata de decir que la Scaloneta entró en una pendiente descendente —lo cual sería hasta lógico—, sino de entender que tal vez haga falta otra partitura para este Mundial. Un equipo más batallador, que tenga como premisa su mejor atributo de anoche: el coraje. Porque si Argentina ganó, fue por puro corazón.
En este hilván de reflexiones futboleras, no puedo dejar de señalar algo que remarcamos durante toda la transmisión de La Gráfica: volvió la “messidependencia”, y ese no es un buen dato. El peor Messi en la Selección se vio cuando sus compañeros lo tenían como única vía de escape del atolladero. El gran acierto del ciclo Scaloni había sido justamente disolver esa dependencia, armando un mediocampo con buen pie, personalidad y decisión propia. De Paul es sin duda un pistón; pero el problema anoche estuvo en la alternancia Mac Allister-Enzo Fernández. ¿Quién toma el bastón de mando? Mac Allister, por momentos; Enzo, estuvo desdibujado. Ante Cabo Verde, Leo volvió a ser el receptor de absolutamente todos los pases; incluso teniendo la opción del remate o la jugada personal, los compañeros lo buscaban a él. Reiteramos: la messidependencia fue un pecado mortal para la Selección durante una década.
Pero no todo es alarma, también hay que rescatar las buenas: el enorme nivel de Lisandro Martínez, el coraje de los dos centrales para ir a buscar el triunfo en el área de enfrente y el amor propio de un plantel campeón del mundo que no se amilana ante la adversidad. El ADN del campeón está intacto. Ahora bien, la lección de Cabo Verde debe ser asimilada de inmediato porque el martes se viene Egipto, y nos imaginamos que Mohamed Salah y compañía querrán hacer historia a costillas nuestras.
Lo dijo Scaloni al bajarse el telón: “Somos Argentina y estamos acostumbrados a sufrir“.
Para los muchachos de la simpática Cabo Verde, va toda nuestra admiración por una Copa del Mundo maravillosa. Como bien señaló Adalberto Días, su cónsul en Argentina en Abrí la Cancha: “Nosotros ya ganamos el mundial”. Aplausos de pie para ellos.
Ahora es el turno de Egipto. Corazón, pases cortos, fútbol y máxima atención. ¡Vamos Argentina, que se puede y el susto ya quedó atrás!
(*) Periodista / Conductor de Abrí la Cancha / Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.












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