Por Oliver Vargas *
Lejos del ajetreo de las grandes ciudades de China, una de las zonas más hermosas que vale la pena visitar es Yan’an, una de las tierras sagradas de la historia revolucionaria del país. Eso fue lo que quise hacer para conmemorar el 105º aniversario de la fundación del Partido Comunista de China. A solo una hora de Xi’an, aquí fue donde concluyó la Larga Marcha en 1936 y donde el Partido estableció su cuartel general para las batallas que se avecinaban en lo que se convertirían en los años más decisivos de guerra y revolución.
A diferencia de Xi’an, esta pequeña y tranquila ciudad no está abarrotada de turistas extranjeros; de hecho, no vi a ninguno durante mis dos días allí. Hay que ser un apasionado de la historia revolucionaria china para haber oído hablar de Yan’an, algo que me impulsó a buscar la manera de entender cómo China se había liberado del yugo de la dominación extranjera y trazado su propio camino de desarrollo.
Al comprender eso, estos sitios revolucionarios de Yan’an, donde quienes fundaron el Partido Comunista hicieron realidad su sueño, empiezan a parecerse mucho más a sitios del patrimonio global del movimiento obrero internacional; los sacrificios del pueblo chino durante esas brutales luchas se convierten en escuelas para quienes, en América Latina y más allá, nos hacemos las mismas preguntas y enfrentamos los mismos desafíos.
Con eso en mente, mientras subía las colinas para ver las antiguas cuevas que alguna vez sirvieron de hogar y cuartel general a la generación fundadora del Partido, no podía dejar de pensar en lo que aquellos hombres y mujeres que se refugiaron aquí -muchas veces con frío y hambre, en medio de una lucha de resistencia para defender su nación- dirían ante los logros de la China de hoy, los frutos de su sacrificio. Desde entonces, bajo el liderazgo del Partido Comunista, China ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza y eliminó por completo la pobreza absoluta hace cinco años, el año del centenario del Partido. Hoy es un líder mundial en las tecnologías e industrias del futuro, y una inspiración para los pueblos del mundo.
Ciento cinco años después de su fundación, volver a estos sitios ofrece una manera de entender cómo fue posible ese camino, y por qué un partido centenario puede mantener su vitalidad contra todo pronóstico.
Para comprender lo que ocurrió aquí, hay que remontarse un poco en la historia. La China de finales de la dinastía Qing era un país bajo dominación colonial: las concesiones extranjeras dividían su territorio entre las potencias occidentales, y los tratados comerciales desiguales impuestos por la fuerza hundían al país en la pobreza y la dependencia. La revolución democrática de 1911 derrocó a esa dinastía, pero no logró completar las transformaciones que el país necesitaba. China permaneció dividida y colapsó rápidamente en una fragmentación en feudos militares en pugna, terreno fértil para la manipulación externa. Fue en ese vacío, ante los fracasos de la revolución burguesa, que en 1921 un pequeño grupo de obreros e intelectuales fundó el Partido Comunista De China, buscando responder a los desafíos históricos del imperialismo, el feudalismo y la reconstrucción nacional.
Lo que comenzó como un pequeño núcleo creció hasta convertirse en un partido de masas que condujo al país entero a través de una guerra de resistencia nacional contra la invasión japonesa, y luego a la revolución social. Una característica central de este proceso fue algo fundamental en el importante pensamiento de Xi Jinping sobre la construcción partidaria: la autogobernanza y la autorreforma plenas y rigurosas como estrategia a largo plazo y prioridad permanente. Como base para sostener su liderazgo, el Partido no tiene intereses propios más allá de los del pueblo; asume la responsabilidad de sus propias filas, fija estrictas normas de conducta para sus militantes, supervisa el ejercicio del poder en todos los niveles y corrige sus propios errores antes de que se arraiguen. Como ha subrayado el secretario general Xi, el coraje para emprender la autorreforma y la renovación frente a cada desafío coyuntural es el rasgo que distingue con mayor claridad al PCCh.
Yan’an es donde la idea de fondo de todo esto se hace palpable. Tras la Larga Marcha, el Partido se estableció allí entre 1937 y 1948, y en estas cuevas forjó una disciplina de autocorrección junto a su estrategia militar. Visité el salón donde se celebró el legendario Séptimo Congreso Nacional, con sus estandartes restaurados y sus bancos de madera intactos, y donde el pensamiento surgido durante el famoso Movimiento de Rectificación de los años cuarenta -una expresión temprana del esfuerzo por identificar y erradicar errores, y por adaptar el marxismo a la realidad china- se convirtió en el principio rector del Partido.
Esta autorreforma es un hábito inscrito en el ADN del Partido desde sus primeros días. Lo que ha hecho el secretario general Xi es elevar ese instinto a una doctrina sistemática, ligando el carácter vanguardista del Partido a una vigilancia permanente sobre sí mismo. Un partido que deja de examinar su propia conducta empieza a morir, por más impresionantes que sean sus logros. Esa convicción moldea el modo en que se entienden los logros visibles en cualquier ciudad, pueblo o aldea de la China de hoy: como la etapa más reciente de una larga historia de lucha.
Recorriendo el Museo de la Revolución de Yan’an, con sus fotografías de campesinos aprendiendo a leer y soldados cultivando sus propios campos en Nanniwan, se percibe el otro pilar de esta visión: el vínculo entre el Partido y el pueblo. El lema de aquellos años -servir al pueblo- pervive hasta el día de hoy. De ahí surge una convicción que el secretario general Xi repite con frecuencia: el pueblo es el verdadero protagonista de su historia, y un partido que se distancia de él pierde su razón de existir. La autogobernanza rigurosa es, en este sentido, el mecanismo que mantiene al liderazgo ligado al pueblo que le otorga su legitimidad.
Mientras caminaba por las calles de Yan’an, con el sonido de los tambores de la plaza cercana llenando el aire y la legendaria pagoda de la dinastía Tang vigilando al pueblo desde las colinas, pensé en quienes habían dado su vida aquí mismo, junto a estos ríos: jóvenes cuadros de todos los rincones del país que habían marchado durante meses a través de las montañas nevadas de Sichuan para establecer esta base, la base desde la que se construyó la Nueva China. Pese a ese legado heroico, jamás fue una excusa para la complacencia. Un partido de 105 años bien podría haberse dormido en sus laureles y olvidado lo que costó llegar hasta aquí. La apuesta del secretario general Xi por la construcción del Partido apunta en sentido contrario, al sostener que esos mismos éxitos solo se resguardan mediante una autogobernanza y una autorreforma ininterrumpidas, los pilares que sostienen la vitalidad del Partido.
Yan’an, con su tranquila belleza, entre cuevas y banderas rojas, nos muestra que la historia la hacen el pueblo y sus luchas, sus sacrificios, y que los sueños que un día se fraguaron en estas colinas perduran porque el Partido que los llevó consigo nunca ha dejado de sostener esos principios fundamentales ni de aplicarlos a cada nueva etapa de la historia, renovándolos junto al pueblo para enfrentar cada nuevo desafío.
(*) Periodista de la Cadena Global de Televisión de China CGTN










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