Por Gabriel Fernández *
Hace poco más de un año insertamos en nuestras Fuentes Seguras los ejes de La derrota de Occidente, un libro de Emmanuel Todd. Junto a interesantes consideraciones sobre la demografía y su incidencia en el desarrollo de las naciones, el francés hace eje en la trascendencia de las universidades en el proceso vigente.
Con datos claros, Todd indica que los países que logran crecer en los distintos rubros, y muy especialmente en el económico, son aquellos que promueven la mayor cantidad de profesionales. Entre los elementos que explican las dificultades de los Estados Unidos, por ejemplo, percibe la caída en matrículas y graduaciones.
En este momento, una parte de la sociedad argentina se pronuncia desde la autodefensa; brega para evitar la anulación del pasado y proyecta para limpiar el horizonte futuro. El vigor de la demanda se asienta en el beneficio integral, aunque su dimensión logre carácter movilizador en base al interés individual.
Vale este apunte porque las coberturas que venimos visualizando se asientan en el derecho a estudiar y, al profundizar hacia el cuerpo docente, en el derecho a trabajar. No está mal, desde ya, pero es un planteo insuficiente para entender cuál es el sentido de instalar y apuntalar instituciones educativas masivas y de calidad.
Entre los discursos “comprensivos” hacia los manifestantes, puede palparse la introducción de conceptos como “este gasto, si se lo ordena, es positivo” o “hay que limitar la cantidad de incorporaciones para no gastar en vano”. Sea cual fuere el perfil, esas expresiones son profundamente erróneas.

La educación pública no es un gasto, es inversión nacional.
Sin ella no hay industria, no hay despliegue de saberes esenciales para el país. No hay investigación científico técnica. En verdad, como lo disecciona Todd en su investigación, no hay nación.
- Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal
Foto de portada. Ciencias Exactas. Universidad de Buenos Aires










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