Por Tadeo Casteglione*
“El agua fluye siempre hacia donde encuentra menos resistencia.”
— Proverbio chino
Hay momentos en la historia económica global donde los grandes ríos financieros cambian de cauce y esto no sucede de un día para el otro, no se anuncia con trompetas, no aparece en los titulares de la prensa financiera con la misma urgencia que los bombardeos o las declaraciones de guerra. Pero cuando ocurre, el mundo que sale del otro lado ya no es el mismo que entró.
El 28 de febrero de 2026, cuando los misiles comenzaron a caer sobre Teherán, pocos analistas comprendieron que estaban asistiendo no solo al inicio de una guerra, sino al principio del fin de una era monetaria. Ocho décadas después de que Bretton Woods consagrara al dólar como la moneda de reserva global, cinco décadas después de que Henry Kissinger sellara con Arabia Saudita el pacto que convertiría al petróleo en el oxígeno del billete verde, el sistema del petrodólar ha comenzado a agrietarse.
Y el informe que acaba de publicar el instituto de investigación del Deutsche Bank, uno de los bancos más poderosos de Europa, no deja lugar a dudas aclarando y dando a entender que la guerra contra Irán podría ser el catalizador que acelere la transición hacia un nuevo orden energético-financiero, con el yuan como protagonista.
“No debe subestimarse la enorme importancia estratégica de Oriente Medio para el papel del dólar como moneda de reserva mundial”, advierte el documento. “El conflicto actual podría ser catastrófico para el petrodólar.”
El pacto de 1974 y la arquitectura del poder
Para entender lo que está en juego, hay que remontarse medio siglo atrás. En 1974, Estados Unidos y Arabia Saudita sellaron un acuerdo que cambiaría el curso de la historia financiera. A cambio de garantías de seguridad y protección militar, el reino saudí se comprometía a fijar el precio de sus exportaciones de petróleo en dólares estadounidenses y a reinvertir el excedente de crudo en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Los otros estados del Golfo siguieron el ejemplo.
Nació así el petrodólar dentro de un circuito cerrado donde el mundo compraba petróleo en dólares, los países productores acumulaban dólares, y esos mismos dólares regresaban a Estados Unidos en forma de deuda soberana, financiando su déficit fiscal y consolidando al billete verde como la moneda de reserva global.
Era, en palabras de los historiadores económicos, el “privilegio exorbitante” que permitió a Washington gastar más de lo que producía, imponer sanciones con alcance planetario y financiar su poderío militar sin los costos que cualquier otro país hubiera pagado.
Ese sistema funcionó durante décadas porque se apoyaba en dos pilares: la hegemonía militar estadounidense en el Golfo y la estabilidad del flujo energético. El primero garantizaba que los productores no se desviaran del pacto; el segundo aseguraba que la demanda mundial de petróleo sostuviera el circuito. Ambos pilares están hoy en cuestión.
El umbral de un cambio
El documento del banco alemán no es un informe menor ya que se trata de una institución que conoce bien las entrañas del sistema financiero global, que ha sido parte del establishment occidental durante más de un siglo, y que no suele alarmar sin fundamento.
Su diagnóstico es, por eso, especialmente revelador indicando que “Este conflicto podría convertirse en un catalizador para el debilitamiento del dominio del petrodólar y el inicio de la formación de un petroyuan”.
La frase condensa una advertencia y una constatación, el debilitamiento no es una hipótesis; es un proceso que ya está en marcha. Lo que la guerra en el Golfo hace es acelerar una transición que llevaba años gestándose en las sombras, a la espera de un punto de inflexión. Los ataques a las infraestructuras energéticas, la limitación de navegación del estrecho de Ormuz y la incapacidad de Washington para garantizar la seguridad de los flujos energéticos han actuado como detonante.
El documento del banco alemán cita reportajes de medios occidentales y asiáticos que indican que Irán estaría negociando con ocho países para permitir el paso de buques por el estrecho de Ormuz, siempre y cuando paguen el petróleo en yuanes.
Todo esto no es una exigencia retórica, es una condición concreta, aplicada en medio de la guerra, que coloca a los compradores ante una disyuntiva que hasta hace unos meses parecía impensable: pagar en la moneda del imperio o pagar en la moneda que exija quien controla el paso.
China e India, los dos grandes importadores de crudo de la región, ya han optado. Sus petroleros atraviesan el estrecho gracias a los esfuerzos diplomáticos basados en relaciones bilaterales con Irán. Y lo hacen, en una proporción creciente, pagando en yuanes.
El paraguas agujereado
En dicho informe también se señala otro factor que rara vez aparece en los análisis convencionales. “El ‘paraguas de seguridad’ estadounidense se ha enfrentado a serios desafíos en medio de los ataques a bases, campos petrolíferos e infraestructura estadounidenses en Oriente Medio”. La frase es elíptica pero devastadora e indica que Estados Unidos ya no puede garantizar la seguridad de sus aliados, ni siquiera la de su propia infraestructura en la región.
Los mayores daños, según el documento, se han infligido a los aliados tradicionales de Washington: países europeos, Japón y Corea del Sur, importantes importadores de energía que transitan por el estrecho de Ormuz. Son los mismos que durante años siguieron dócilmente la política exterior estadounidense, los mismos que impusieron sanciones a Irán, los mismos que hoy ven cómo sus petroleros quedan varados mientras los barcos chinos y en menor medida indios pasan.
Todo esto indica cabalmente que el poder militar estadounidense en el Golfo ya no es un escudo eficaz, y su capacidad de disuasión se ha erosionado hasta el punto de que sus aliados pagan las consecuencias. Cuando la seguridad que se ofrece como garantía del petrodólar deja de ser creíble, el pacto de 1974 comienza a desmoronarse.
La nueva geografía del petróleo
En su publicación el Deutsche Bank también anticipa un cambio estructural en los flujos energéticos que tendrá consecuencias monetarias de largo alcance. “Si el consumo mundial de petróleo disminuye a largo plazo, y los Estados del golfo Pérsico estrechan sus lazos comerciales y de inversión con los países asiáticos y comienzan a reducir la proporción del dólar estadounidense en los pagos de energía, esto podría tener un impacto significativo en el uso del dólar en el comercio y el ahorro mundiales”.
La disminución del consumo de petróleo es una tendencia que precede a la guerra, impulsada por la transición energética. Pero lo nuevo es la reorientación de los lazos comerciales y de inversión de los estados del Golfo hacia Asia. China ya es el principal socio comercial de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Irak. Las inversiones chinas en el Golfo superan los 100.000 millones de dólares. Los acuerdos de cooperación energética a largo plazo se multiplican.
Cuando esos lazos se profundizan, el uso del dólar como moneda de intercambio se vuelve cada vez más prescindible. Los estados del Golfo no necesitan liquidar sus transacciones en dólares si sus principales compradores están en Asia y si sus proveedores de tecnología y bienes de capital también están en Asia.
La reciente decisión de Arabia Saudita de aceptar pagos en yuanes por una parte de sus exportaciones a China no es un gesto aislado; es un anticipo de lo que vendrá.
El petroyuan como horizonte
A modo de urgencia existe una última advertencia que realiza el Deutsche Bank utilizando un lenguaje que, viniendo de una institución alemana, resulta llamativo por su claridad. “Este conflicto podría convertirse en un catalizador para el debilitamiento del dominio del petrodólar y el inicio de la formación de un petroyuan”. No dice “podría surgir”, dice “el inicio de la formación”. Es decir, el proceso ya ha comenzado, y la guerra contra Irán está actuando como acelerador de esta transformación global.
La formación del petroyuan no depende solo de la voluntad de los productores, si no más bien depende también de la existencia de una arquitectura financiera alternativa que permita a los compradores liquidar sus transacciones en yuanes y a los vendedores reinvertir esos yuanes en activos productivos.
Esa arquitectura ya existe, se trata del sistema CIPS, el equivalente chino al SWIFT, procesó en 2025 transacciones por el equivalente a 245 billones de dólares, un incremento del 43% respecto del año anterior. Los bancos chinos tienen sucursales en todo el Golfo. El mercado de bonos denominados en yuanes es el segundo más grande del mundo.
Lo que falta es la masa crítica de transacciones que convierta al petroyuan de una posibilidad técnica en una realidad cotidiana. La guerra en el Golfo está proporcionando esa masa crítica.
Cuando los petroleros quedan varados y los seguros marítimos se niegan a cubrir rutas de alto riesgo, cuando los compradores deben elegir entre pagar en dólares y no recibir crudo o pagar en yuanes y asegurar el suministro, la balanza se inclina.
El dólar, la autosuficiencia y la grieta europea
La advertencia que llega desde Fráncfort no es solo para los mercados e introduce un argumento que trasciende el análisis técnico y se convierte en una advertencia política dirigida a sus propios compatriotas europeos. “Un mundo que busca una mayor autosuficiencia en defensa y energía probablemente también mantendrá menores reservas de dólares estadounidenses”.
La frase, formulada con la cautela que exige un banco alemán, no es solo una constatación económica. Es un mensaje cifrado para puertas adentro si Europa no acelera su autonomía energética y estratégica, quedará atrapada en la órbita de un dólar que se deprecia como activo de reserva y de una potencia que ya no garantiza su seguridad.
Porque la autosuficiencia no es un lujo, es una necesidad. Y mientras China avanza en la diversificación de sus fuentes energéticas y en la construcción de arquitecturas financieras alternativas, Europa se debate en sus propias contradicciones.
En este sentido el canciller alemán Friedrich Merz en su viaje a China durante el mes de febrero en medio de la tormenta arancelaria desatada por Trump, fue con la intención explícita de preservar el acceso al mercado chino para la industria automotriz germana, pero sin atreverse a romper con la línea dura que Bruselas impone sobre las importaciones de vehículos eléctricos chinos.
Berlín quiere vender sus autos en Pekín, pero se resiste a comprar los de Pekín en Berlín. La lógica del proteccionismo choca con la lógica de la interdependencia, y en medio de ese choque, la Unión Europea sigue sin una política energética común, sin una estrategia de reservas coordinada y sin la capacidad de negociar con los productores del Golfo en condiciones que no sean las que Washington le dicte.
El viaje de Merz a China fue, en ese sentido, un síntoma de la parálisis europea. Alemania necesita a China para sostener su modelo exportador, pero no está dispuesta a defender en Bruselas una postura que flexibilice los aranceles a los vehículos eléctricos chinos, porque eso implicaría enfrentar a Francia y a la propia Comisión Europea.
El resultado es una política a medio camino que no satisface a nadie: ni asegura la autonomía energética europea, ni consolida una relación comercial estable con el socio asiático, ni reduce la exposición al dólar.
Mientras tanto, el informe del Deutsche Bank señala que “el propio superávit comercial de Estados Unidos, que durante años fue el principal mecanismo de reciclaje de dólares hacia el resto del mundo, podría reducirse y acumularse en dólares en menor medida”. Eso significa que el dólar perderá no solo como moneda de transacción, sino también como activo de reserva.
Y en ese escenario, Europa, que aún no ha construido una alternativa propia, quedará expuesta a la volatilidad de una moneda que ya no será el centro de gravedad del sistema financiero global, pero que seguirá siendo la moneda en la que Europa paga su energía y su defensa.
La advertencia del Deutsche Bank no es solo un análisis para inversores. Es un llamado a sus propios conciudadanos: el camino hacia la autosuficiencia no se recorre mirando hacia Washington, sino construyendo autonomía en Berlín, París y Bruselas. Y eso, por ahora, es algo que Europa no ha sabido hacer.
El agua que cambia de cauce
La metáfora del proverbio chino con que comenzamos este análisis no es casual, el agua fluye siempre hacia donde encuentra menos resistencia. Durante medio siglo, el dólar fluyó sin obstáculos porque el petróleo se pagaba en dólares, porque los superávits de los productores volvían a Estados Unidos, porque la máquina del Tesoro estadounidense ofrecía el activo más líquido y seguro del mundo. Ese cauce estaba protegido por la fuerza militar, por la estabilidad geopolítica y por la confianza en la hegemonía estadounidense.
Hoy, los tres pilares se han debilitado. La fuerza militar de Estados Unidos en el Golfo ya no es suficiente para garantizar el flujo energético. La estabilidad geopolítica de la región ha estallado en pedazos con la guerra contra Irán. Y la confianza en la hegemonía estadounidense se erosiona cada vez que Washington utiliza el sistema financiero como arma de castigo colectivo, cada vez que sus aliados quedan varados mientras los petroleros chinos pasan, cada vez que el “paraguas de seguridad” muestra sus agujeros.
El informe del Deutsche Bank no es una profecía apocalíptica, es un diagnóstico frío, basado en datos y en una lectura realista de la correlación de fuerzas. Y su conclusión es inequívoca: la guerra contra Irán no solo está reconfigurando el mapa energético del mundo, sino también su arquitectura financiera.
El petrodólar, ese invento genial que permitió a Estados Unidos financiar de manera ficticia su hegemonía durante décadas, ha entrado en una fase de declive acelerado. Y el petroyuan, ese horizonte que hasta hace poco parecía lejano, comienza a perfilarse como una alternativa real.
El agua ha encontrado un nuevo cauce. Y cuando los ríos cambian de curso, el paisaje entero se transforma. El mundo que salga del otro lado del estrecho de Ormuz no será el mismo que entró. La moneda que lo acompañe tampoco.
(*) Editor general de PIA Global – Experto en Relaciones Internacionales y Análisis de Conflictos, Periodista internacional acreditado por RT, Diplomado en Historia de Rusia y Geografía histórica rusa por la Universidad Estatal de Tomsk.










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