Por Beto Cremonte *
Entre la paz inconclusa de Tigray, la doctrina marítima impulsada por Abiy Ahmed y la guerra abierta en Sudán, Addis Abeba suma otra problemática al ya problemático Cuerno africano en el intento para redefinir su posición estratégica en el Mar Rojo. En este contexto el norte de Etiopía vuelve a concentrar la tensión estratégica del Cuerno de África. No porque haya estallado una nueva guerra abierta, sino porque los equilibrios que suspendieron el conflicto de Tigray empiezan a crujir bajo el peso de una ambición mayor: la redefinición del lugar etíope en el Mar Rojo.
El sionismo israelí y el reconocimiento de Somalilandia movieron el tablero geopolítico en una región muy caliente del continente. En medio de este entorno regional, marcado por la fragmentación sudanesa, la competencia de potencias del Golfo y la persistente desconfianza con Eritrea, cada movimiento de Addis Abeba adquiere una dimensión sistémica y pone en alerta a toda la región. Las competencias y alianzas alrededor del Mar Rojo merecen especial atención en cada uno de sus movimientos por más insignificantes que parezcan.
El Acuerdo de Pretoria de 2022 logró detener la guerra más devastadora de la historia reciente etíope, pero no resolvió sus causas estructurales. Mientras Tigray transita una paz administrada, frágil y territorialmente incompleta, el gobierno de Abiy Ahmed impulsa una doctrina marítima que busca reducir la dependencia logística de Yibuti y proyectar mayor autonomía estratégica que lo posicione como una ficha clave de los BRICS (ampliado) de cara a la entrada y salida de mercancías desde oriente. Esa simultaneidad —posguerra interna y expansión geopolítica— es el eje del momento actual.
La cuestión ya no es si Etiopía necesita acceso al mar o estabilidad en sus fronteras. La cuestión es si puede avanzar en ambas direcciones sin alterar un equilibrio regional donde la percepción de expansión pesa tanto como los hechos.
Tigray y el mar: posguerra inconclusa y doctrina estratégica en el Cuerno
El Acuerdo de Pretoria del 2 de noviembre de 2022 cerró formalmente la guerra entre el gobierno federal etíope y el TPLF. El documento estableció un cese permanente de hostilidades, restauración de servicios básicos, acceso humanitario y desarme progresivo, además de la obligación federal de garantizar la retirada de fuerzas no pertenecientes al ENDF y preservar la integridad territorial etíope. Sin embargo, una guerra que dejó entre 500.000 y 600.000 muertos no se clausura políticamente con una firma. Lo que Pretoria produjo fue una suspensión organizada del conflicto central, no una reconciliación estructural. La entrega de las armas no significó de ninguna manera el fin del conflicto en el norte etíope.
Tigray quedó bajo una administración interina frágil, con fracturas internas dentro del TPLF, disputas de liderazgo entre facciones y una relación ambivalente con Addis Abeba. El desarme fue parcial y desigual, la reconstrucción avanzó lentamente y, sobre todo, el oeste de Tigray permaneció bajo control de fuerzas amhara, convirtiéndose en el núcleo de la disputa territorial más explosiva del posconflicto. Ese territorio no es solo una cuestión cartográfica: es desplazamiento forzado, retorno bloqueado, reconfiguración demográfica y poder local consolidado durante la guerra. Mientras esa cuestión no se resuelva políticamente, la paz en Tigray seguirá siendo una administración de tensiones, no su resolución.
Es en ese punto donde aparece la dimensión regional. Eritrea participó activamente en la guerra junto al gobierno federal etíope, pero quedó excluida del Acuerdo de Pretoria. Esa exclusión no fue simbólica: significó que Asmara no participó del diseño del posconflicto. Desde entonces, la desconfianza entre Addis Abeba y Eritrea ha ido en aumento. Las recientes acusaciones formales de Etiopía contra Eritrea por “agresión” y presencia en territorio etíope deben leerse en ese contexto. Eritrea lo niega, pero más allá del intercambio diplomático, el dato estructural es otro: para Asmara, una Etiopía que recompone cohesión interna y vuelve a proyectarse estratégicamente es una amenaza potencial.
Tigray funciona así como variable intermedia entre estabilidad federal y equilibrio regional. Si se desestabiliza, el conflicto no se limita a una región; reactiva el triángulo Addis–Asmara–Tigray. Y es precisamente en ese momento cuando Etiopía instala con mayor fuerza la cuestión marítima.
Etiopía depende en más de un 95% del puerto de Yibuti para su comercio exterior. Más de 20.000 millones de dólares anuales atraviesan ese corredor. En una economía con inflación persistente, escasez de divisas y deuda externa cercana a los 30.000 millones de dólares, esa dependencia no es un dato técnico sino una vulnerabilidad estructural. Cuando Abiy Ahmed afirmó en 2023 que el acceso al mar es una cuestión “existencial”, estaba formalizando una doctrina estratégica: no se trata solo de diversificar rutas comerciales, sino de reducir una dependencia geopolítica que condiciona la autonomía estatal.
Pero en el Cuerno de África, toda doctrina estratégica altera equilibrios. El puerto eritreo de Assab reaparece inevitablemente en el debate, aunque Addis no haya presentado una reclamación territorial formal. Para Eritrea, cualquier discusión sobre el litoral implica presión estructural sobre su soberanía. En paralelo, el Memorando de Entendimiento firmado el 1 de enero de 2024 entre Etiopía y Somalilandia para acceder a un puerto en el Mar Rojo representó un salto cualitativo. Somalia rechazó el acuerdo por considerarlo una violación directa de su integridad territorial, y la crisis diplomática fue inmediata y profunda. Ese episodio marcó un punto de inflexión: Etiopía demostró que está dispuesta a buscar alternativas marítimas aun a costa de tensar relaciones regionales.
El contexto agrava la ecuación. El sistema Suez–Bab el-Mandeb concentra alrededor del 12% del comercio marítimo mundial. Emiratos Árabes Unidos ha invertido en puertos como Berbera y consolida su red logística en el Mar Rojo; Turquía mantiene presencia militar directa en Somalia, donde entrena fuerzas armadas y administra infraestructura estratégica; y Egipto observa cada movimiento etíope desde la lógica del Nilo y la Gran Presa del Renacimiento (GERD), consciente de que cualquier fortalecimiento marítimo de Addis Abeba refuerza su autonomía estructural. La región no solo está militarizada en términos portuarios: está atravesada por alianzas flexibles donde el Golfo, Ankara y El Cairo recalibran posiciones en función de la evolución etíope.
Por eso el debate marítimo no puede separarse de Tigray. Cuanto más firme es la doctrina etíope sobre el acceso al mar, mayor es la percepción de amenaza en Eritrea; y cuanto mayor es esa percepción, más frágil se vuelve el equilibrio en la frontera norte, impactando directamente en Tigray, donde la paz sigue siendo una arquitectura precaria.
Sudán, el oeste etíope y la presión simultánea
La guerra sudanesa no es un conflicto vecino que Etiopía pueda observar con distancia prudente. Desde abril de 2023, cuando estalló el enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las RSF (Fuerzas de Apoyo Rápido), el este de Sudán se convirtió en un espacio de inestabilidad permanente. Más de diez millones de personas desplazadas y estructuras estatales fragmentadas constituyen factores directos de seguridad regional. Esto lo venimos analizando en profundidad en diferentes notas desde el comienzo del conflicto hace casi tres años.
La frontera entre Etiopía y Sudán supera los 1.600 kilómetros y atraviesa áreas históricamente sensibles como Al-Fashaga, escenario de enfrentamientos armados en 2020 y 2021. No es un límite neutro, sino una frontera con antecedentes de militarización reciente. Las investigaciones publicadas a comienzos de 2026 que señalaban la existencia de un supuesto campamento en territorio etíope vinculado a combatientes de las RSF —acusaciones negadas por el gobierno— deben entenderse en clave de percepción estratégica: en el Cuerno, la percepción es poder.
Sudán es hoy un espacio donde confluyen intereses de Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y otros actores del Golfo, que compiten por influencia en el Mar Rojo y por corredores logísticos estratégicos. Turquía observa con atención la evolución del conflicto, en la medida en que su proyección en Somalia la obliga a monitorear cualquier desplazamiento regional. Egipto, por su parte, no es un actor marginal: su disputa histórica con Etiopía por la GERD convierte cada movimiento estratégico etíope en variable de seguridad nacional para El Cairo. Una Etiopía más autónoma económica y marítimamente fortalece indirectamente su posición negociadora en el eje del Nilo.
Así se produce la convergencia estructural: la doctrina marítima inquieta a Eritrea, la fragilidad de Tigray condiciona la estabilidad interna y la percepción de involucramiento en Sudán puede llevar a que la arquitectura regional lea a Etiopía como actor en expansión simultánea hacia el norte, el este y el oeste.
El riesgo no es necesariamente una guerra abierta, sino la acumulación de presiones que obliguen a priorizar seguridad sobre proyección estratégica en un entorno económico ya tensionado.
El momento de definición
Etiopía no está ante una guerra inevitable, sino ante una redefinición estratégica en una región que no tolera redefiniciones sin resistencia. El Acuerdo de Pretoria suspendió una guerra devastadora, pero no cerró las fracturas políticas ni territoriales que la alimentaron. La doctrina marítima reordena jerarquías regionales. La guerra sudanesa agrega incertidumbre occidental. Y las alianzas en movimiento —Turquía consolidando presencia en Somalia, Emiratos expandiendo su red portuaria, Egipto recalibrando frente a una Etiopía más autónoma— convierten al Cuerno en un nodo donde confluyen agendas africanas y extrarregionales.
La cuestión central no es el derecho al mar ni la necesidad de estabilidad, sino la capacidad de avanzar en ambas direcciones sin activar mecanismos de contención regional. En el Cuerno, la estabilidad depende de calibraciones finas entre poder y percepción. Cuando la percepción de expansión supera la capacidad de absorción regional, se activan reacciones que ningún actor controla del todo.
Hoy, Etiopía se mueve en esa línea delgada. Si logra estabilizar Tigray, mantener neutralidad frente a Sudán y transformar su doctrina marítima en acuerdos sostenibles, puede emerger como actor estabilizador con mayor autonomía estratégica. Si la acumulación de tensiones converge sin coordinación, el resultado no será necesariamente una guerra abierta, pero sí un deterioro progresivo del entorno estratégico que limite su margen de maniobra.
El equilibrio futuro del Cuerno se está definiendo ahora, y Addis Abeba es uno de sus principales protagonistas, lo que vaya ocurriendo a futuro, cada uno de los movimientos (diplomáticos, territoriales o incluso de tropas) no solo afectaran a los involucrados directos sino que harán temblar un tablero regional cada día más endeble y con tantas patas como intereses que se ponen en juego. Hoy, sin dudas, el Cuerno africano es una de las regiones más calientes del planeta no solo por su valor estratégico sino por los diversos actores que se diputan esa región.
(*) Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP.
- Artículo publicado originalmente en PIA Global








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