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El 24 de Marzo y el Plan Sistemático para Desarticular el Deporte

A 50 años del golpe, un recorrido por la intervención de la AFA, la interna de sangre por el Mundial '78 y la deuda pendiente de una Ley del Deporte que sigue esperando al pueblo para transformarse en soberanía social.

24 marzo, 2026
en Deportes
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El 24 de Marzo y el Plan Sistemático para Desarticular el Deporte

Carlos Aira

 

El martes 23 de marzo de 1976 no era un día más; no podía serlo. El golpe se olfateaba en las calles, se sentía en el aire espeso de las barriadas y en el silencio cargado de los despachos. En la sede de la AFA, sobre la calle Viamonte, el movimiento era escaso, casi espectral. La preocupación inmediata pasaba por lo doméstico: una huelga de UtedyC ante la negativa de los clubes de pagar el 18% de recomposición salarial dispuesto por el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Pero el interés real, ese que servía de distracción y refugio, estaba puesto en la gira de la Selección por los países del Pacto de Varsovia.

Días atrás, bajo un frío de justicia y una nieve que para nuestra patria resultaba una escenografía de otro mundo, Argentina le había ganado 1 a 0 a la Unión Soviética en Kiev. Fue la tarde del gol de Mario Kempes, pero sobre todo, fue la tarde del debut con la celeste y blanco de Daniel Passarella, futuro gran capitán de 1978. Esa tarde, el Loco Gatti dio su propia función: atajó con una petaca de ginebra —probablemente una Bols— apoyada contra el palo derecho, su fiel compañera en un partido espectacular que quedó en la historia.

Martes 23 de marzo de 1976. A las 21:00, por la Copa Libertadores, el River de Labruna recibía al Portuguesa de Venezuela en el Monumental. Era el River bicampeón del 75, una máquina que no debía tener problemas con la sensación venezolana de aquellos días. Sin embargo, el estadio también estaba espectral. Muy poco público se acercó al partido. Como si los hinchas presintieran que el espectáculo real estaba por ocurrir fuera de las canchas. River ganó 2 a 1 con dos goles de la Pepona Reinaldi, sellando un arranque ideal de cuatro jugados y cuatro ganados en un grupo que compartía con Estudiantes y el Deportivo Galicia.

A las 23:30 terminó el partido en Núñez. La noche otoñal caía sobre una Buenos Aires que solo tenía cuatro canales de aire y, con suerte, el 2 de La Plata. Justo a la medianoche, al despuntar ese miércoles 24 de marzo, el canal platense emitió un capítulo de Los Invasores. La trama era de un simbolismo aterrador: un protagonista al que todos tildan de loco persigue en soledad a seres que parecen humanos pero que no tienen corazón, no tienen latidos, carecen de emotividad y poseen una rigidez característica en el dedo meñique. Seres que necesitan regenerarse en cápsulas para no ser incinerados por el oxígeno y que, al morir, se vaporizan dejando solo cenizas. Cualquier analogía de la serie con los invasores que, pocas horas después, ocuparían la Casa de Gobierno para instaurar el silencio y el terror, es parte de la tragedia de esta historia. El oxígeno de la democracia estaba por ser reemplazado por el vacío de las cápsulas militares.

***

 

No hubo golpe más cantado que aquel del miércoles 24 de marzo de 1976. Desde el ultimátum que lanzó Jorge Rafael Videla desde Tucumán, en la Nochebuena de 1975, no cabía ninguna duda: la vocación de poder era total y el zarpazo era cuestión de tiempo. El Plan Cóndor ya asomaba sus garras para coordinar la muerte en todo el Cono Sur, estaba claro que los militares no se mandaban solos; estaban siendo moldeados en la Escuela de las Américas bajo la Doctrina de la Seguridad Nacional. Les enseñaban que el enemigo no era una potencia extranjera, sino el enemigo interno. La dictadura de Augusto Pinochet era una muestra gratuita de lo que sería la dictadura argentina.

En la AFA, el hombre al mando era David Bracutto, un dirigente surgido de la UOM. Aquel 23 de marzo, Bracutto estaba en Córdoba cumpliendo funciones protocolares con Herman Neuberger, el enviado de la FIFA. Intentaba mostrarle las virtudes de la docta como sede para el Mundial ’78. AFA sabía que sería sede mundialista desde 1964 pero que, entre intervenciones y crisis, no había logrado avanzar ni un centímetro. Mientras ellos hablaban de estadios, en los cuarteles – y en unas cuantas residencias particulares – ya se estaban velando las armas.

A las 3:15 de la madrugada del miércoles 24, el silencio de la noche se quebró con los acordes de la marcha “Avenida de las Camelias”, que empezó a sonar en cadena por todas las radios del país. Seis minutos más tarde, una voz espectral congeló la sangre de los argentinos:

“El país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar… se recomienda extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes que puedan exigir la intervención drástica del personal en operación”.

El comunicado llevaba las firmas de la tragedia: Videla, Massera y Agosti.

Durante toda la jornada, las radios fueron un monólogo de marchas militares, solo interrumpidas por la lectura de comunicados. Pero hubo una excepción: a las 15:30, sin que nadie supiera si se emitiría, Canal 7 transmitió el partido de la Selección en Polonia. Argentina ganó 2 a 1 en Chorzow con goles del Gringo Scotta y el Loco Houseman.

Aquel 24 de marzo de 1976 debió disputarse el partido entre Estudiantes de La Plata y el Deportivo Galicia por la Copa Libertadores, pero el estallido del golpe lo postergó 24 horas.  La pelota recién volvió a rodar en la capital provincial, donde los albirrojos no tuvieron piedad: golearon 3 a 0, con goles de Milano, Cabezas y Benito, en un clima enrarecido donde el fútbol intentaba, tímidamente, retomar una normalidad que ya no existía.

Curiosamente, ese mismo jueves 25 de marzo de 1976, la AFA concretó un movimiento administrativo que quedó marcado como un cierre de época: se aceptó el ingreso de la Asociación Deportiva Berazategui a los torneos oficiales. Fue, en los papeles, la última acción de la gestión conducida por David Bracutto. Un acto administrativo final antes

***

El Comunicado 69, emitido a las 17:29 del viernes 26 de marzo de 1976, anunció la asunción de Jorge Rafael Videla como nuevo presidente. Ese mismo día se ejecutó el desguace de la organización popular: se disolvieron las 62 Organizaciones, se encarceló a exgobernadores civiles, se intervino la CGE y el consejo de la CGT, y se suprimieron tanto el fuero sindical como el derecho a huelga. El deporte no fue la excepción. La secretaría de Deportes – conducida por ese gran periodista que fue Alejandro Yebra – funcionaba dentro del ministerio de Bienestar Social y fue también intervenida.

Los dirigentes de la AFA se mostraron inicialmente díscolos ante el nuevo gobierno, pero la Marina no estaba para sutilezas. Se hablaba de un nuevo orden que no admitía matices. El lunes 29 de marzo, el día que asumió formalmente la Junta, el Capitán Carlos Alberto Lacoste marcó la cancha con brutalidad: colocó su revólver sobre el escritorio y ordenó que pasara la plana mayor de la AFA, encabezada por Rafael Aragón Cabrera, presidente de River Plate. La charla fue un simple trámite de rendición. Fiel a su estilo, Lacoste pidió la renuncia de todos los integrantes del Comité Ejecutivo de AFA. Aragón Cabrera siquiera discutió.

La conducción del fútbol entró en un limbo mientras comenzaba la sórdida guerra entre la Marina y el Ejército por el botín del Mundial ’78. Una interna que se dirimiría con sangre. El Ente Autárquico Mundial ’78 (EAM) apareció silenciosamente en el Boletín Oficial el 12 de julio de 1976, bajo la Ley 21.348 que declaraba al torneo de interés nacional. En cuestión de días, el organismo sumó un poder tal que opacó a cualquier ministerio, erigiéndose como el verdadero epicentro de las decisiones nacionales. El Almirante Massera le encomendó a Lacoste el Mundial 78 y su subordinado lo hizo al pie de la letra: se mudó de sus despachos en Bienestar Social a la vicepresidencia del EAM con un objetivo claro: el control total de la caja y la logística.

Videla había designado al General Omar Actis —exdeportista de River Plate— al frente del ente. Actis representaba la mirada austera que el Ejército quería imprimirle a la organización, una postura que chocaba de frente con las ambiciones de expansión de la Marina. La mañana del jueves 19 de agosto de 1976, Actis fue asesinado en el cruce de Las Flores y Guaminí, en Wilde, mientras supervisaba viviendas para el personal militar. Aunque el atentado fue adjudicado inicialmente a Montoneros, con el paso del tiempo la hipótesis de una ejecución interna por el manejo de los fondos mundialistas ganó un peso abrumador. Con su muerte, el freno a la discrecionalidad desapareció, dejándole a Lacoste el campo libre para el gasto sin límites.

Para agosto de ese año, la formalidad indicaba que la AFA quedaba en manos del abogado Alfredo Cantilo, un hombre que reportaba sin escalas a su íntimo amigo, el capitán Lacoste. Cantilo era el cuadro perfecto para la etapa: un caballero de Barrio Norte cuya figura servía para barrer con los resabios gremiales y el estilo popular de la conducción previa. Los dirigentes comprendieron la jugada de inmediato: Cantilo se ocuparía de la diplomacia de alto vuelo y los hilos del Mundial, mientras que el lodo de los torneos locales y el ascenso quedarían para “los hombres del fútbol”, siempre bajo el ojo vigilante del poder naval.

El domingo 25 de junio de 1978, el pueblo argentino vivió una alegría indescriptible. Nuestro fútbol se consagraba campeón del mundo, cumpliendo el sueño anhelado desde 1930. Un grupo de jugadores —todos dignos hijos del pueblo— habían conseguido brindarle una alegría inmensa a una nación futbolera. Esos mismos jugadores, y el cuerpo técnico de César Luis Menotti, padecieron durante décadas un escarnio injusto y cruel. ¿Se puede comparar a Ubaldo Fillol, Daniel Passarella, Leopoldo Luque o Mario Kempes con Videla, Massera, Agosti o Lacoste? Es una desmesura alienante, pero eso pasó en nuestro país. La imagen de Henry Kissinger junto a Videla en el palco del Monumental no puede alinearse con la pasión de un pueblo que festejó, con toda razón, una felicidad legítima entre tanto dolor.

***

Finalizado el Mundial, rendidas algunas cuentas y cobrados los vueltos, los militares iniciaron una retirada estratégica del día a día del fútbol. En abril de 1979, Julio Humberto Grondona asumió la conducción de la AFA. Sin embargo, el verdadero hombre fuerte seguía siendo Lacoste, quien por sus servicios prestados a la FIFA fue premiado con la vicepresidencia tercera del ente. El vínculo entre Lacoste y João Havelange fue de una estrechez absoluta, tanto que al brasileño le costó soltarle la mano a su socio argentino recién en 1984, cuando la presión internacional se volvió insoportable. El velo del horror se había corrido y la FIFA, experta en lavar imágenes, no tuvo más remedio que soltar lastre. Aun así, la impunidad tuvo sus escenas surrealistas: Lacoste fue invitado de honor al palco oficial del Estadio Azteca en la final de México 1986. Solo el repudio a los gritos de la prensa y el público lo obligó a una huida entre las sombras.

Julio Grondona construyó su imperio sobre una máxima que ningún dirigente había logrado desde 1937,  año de la intervención solapada de la Casa Rosada: edificar un poder para el fútbol, con lógicas del fútbol y blindado por dirigentes del fútbol, pero siempre aprovechándose de los gobernantes de turno. Grondona fue un equilibrista perfecto: atravesó la dictadura, cabalgó la primavera alfonsinista, se abrazó al menemismo, sobrevivió a la Alianza y al estallido de 2001, y pactó con el kirchnerismo hasta su muerte en julio de 2014. Su sillón en la calle Viamonte fue, durante décadas, el único lugar de la Argentina donde el tiempo parecía no transcurrir.

Lo que resulta verdaderamente curioso es la simetría entre las dos grandes multinacionales del deporte: la FIFA y el COI. Mientras Grondona se convertía en el Todo Pasa, el coronel Antonio Rodríguez se perpetuaba en el COA desde 1977 hasta 2005, saltando luego al COI y a cargos vitalicios en ODEPA y ODESUR. Su gestión fue un enigma de supervivencia: en un país que a partir de 1983 desarrolló una alergia a los uniformes, nadie —ni desde el Estado ni desde la prensa— se preguntó seriamente cómo un coronel del Ejército de la dictadura seguía manejando los hilos del olimpismo argentino. El argumento de la autarquía sirvió como escudo, permitiendo que las estructuras de poder deportivo funcionaran como estados dentro del Estado, inmunes a la renovación democrática que exigía el resto de la sociedad.

***

El 24 de marzo de 1976, el golpe militar inauguró la etapa más oscura de nuestra historia, implantando un terrorismo de Estado que convirtió al país en un campo de batalla contra cualquier pensamiento disidente. El deporte no fue un refugio, sino un blanco: figuras como Miguel Sánchez y Daniel Schapira engrosan la lista de los 30.000 desaparecidos. Institucionalmente, la degradación fue inmediata: la cartera deportiva fue rebajada a Subsecretaría y se intervino la Confederación Argentina de Deportes (CAD). Sin embargo, el Comité Olímpico Argentino (COA) mantuvo una autonomía técnica que le permitió llamar a “elecciones” pocos meses después, donde resultó ganador el coronel Antonio Rodríguez, primer interventor del área bajo la dictadura. Durante casi siete años de Congreso clausurado, la Ley Nacional del Deporte de 1974 fue letra muerta, mientras sectores del gobierno intentaban, sin éxito, disolver la CAD para borrar cualquier rastro de organización popular.

 Recuperada la democracia el país se encontró con un aparato productivo desmantelado, miles de ausencias dolorosas y la herida de Malvinas, pero también con una incapacidad crónica para auditar el manejo del deporte. El EAM 78, ese ente que permitió a la FIFA operar sin dar explicaciones, es el paradigma de la falta de transparencia en la obra pública deportiva, una herencia que se ramificó en democracia con el COPAN 95 y los Juegos de la Juventud 2018. Solo el Mundial de Básquetbol de 1990, gestionado con una austeridad casi heroica, se atrevió a presentar un balance público con una ganancia de 15.000 dólares.

La gran deuda de estos 42 años de democracia reside en una pregunta que el poder prefiere ignorar: ¿Cómo es posible que la plena implementación de la Ley del Deporte solo haya sido una realidad entre 1989 y 1992? Aquella norma de 1974, soñada por Perón como una herramienta de Democracia Social y Directa, encontró su máxima expresión en el Consejo Nacional del Deporte (CONADE). Reglamentado en 1989, el CONADE fue un órgano rector y federal que sentó en la misma mesa a las provincias con las Organizaciones Libres del Pueblo, desde la CGT hasta el periodismo especializado.

Esa primavera democrática del deporte terminó en 1993, cuando el modelo verticalista y el ajuste político decidieron recuperar el control centralizado de la caja. Con la salida del binomio Galmarini y Lupo – únicos dirigentes deportivos que al frente de la secretaría de Deportes obraron con la ley en la mano) se inauguró la era de los ex deportistas al frente de la secretaría de Deportes: nombres como Hugo Porta, Marcelo Garraffo o el propio Daniel Scioli, figuras con brillo propio pero nula formación en la administración pública. Fue la importación del modelo brasileño de Pelé o Zico, que aquí se tradujo en administraciones deficientes, intentos constantes de privatizar los clubes para convertirlos en Sociedades Anónimas y una caída estrepitosa del presupuesto estatal. El resultado es una postal de abandono: menos ciudadanos haciendo deporte y un retroceso evidente en el medallero continental. Hoy, en 2026, con Daniel Scioli al frente de una cartera amorfa que mezcla turismo, ambiente y deportes —una ensalada de peras, témpera y zapatos—, la derrota de la organización deportiva argentina parece haber encontrado su certificado de defunción y ese, entre tantos, fue uno de los objetivos del 24 de marzo de 1976.

Estará en el pueblo argentino comprender la verdadera hondura de este problema. Este 24 de marzo se presenta como la medida exacta para advertir que el deporte nacional tiene sus leyes paralizadas, dormidas en un letargo que ya cumple medio siglo. La Ley del Deporte, con su actualización y su espíritu federal, fue concebida con un solo objetivo: el beneficio del pueblo y el crecimiento de la gran nación que somos. No es un conjunto de artículos técnicos, es una herramienta de soberanía social que espera ser rescatada del olvido. Si no somos capaces de devolverle al deporte su carácter de comunidad organizada, que Dios y la Patria nos lo demanden.

(y de paso, tampoco comprenderemos lo profundo del 24 de marzo)

 

 

Carlos Aira es periodista. Conductor de Abrí la Cancha. Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames. Miembro del Movimiento Social del Deporte.

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