Por Néstor Gorojovsky
A 50 años del golpe del 24 de marzo de 1976 y la masacre que desató, no hay un solo instigador, colaborador o beneficiario civil preso, la justicia narcotiza centenares de causas, y nadie recoge el mejor legado de Rodolfo Walsh.
Nada más emblemático que el desarrollo que tiene el caso del operativo de la calle Corro, en la entonces Capital Federal (hoy “CABA”), en el que fue asesinada la periodista y delegada gremial de prensa Victoria (Vicky) Walsh, hija del célebre autor de la Carta a la Junta Militar Rodolfo Walsh.
El capítulo V de la Carta de Walsh
La Carta es un alegato inigualable contra los crímenes del régimen, cuyo mensaje fue desvirtuado al no respetar, en los hechos, su Capítulo V; en ese capítulo el autor señalaba que el peor de los crímenes que se estaba perpetuando no era la mera violación de los DDHH que ejecutaba el sicariato militar, sino el programa económico y social que imponían los civiles a través del oligarca José Alfredo Martínez de Hoz.
Respetar el legado del Walsh al que se rinden permanentes homenajes hubiera sido concentrar las fuerzas del esclarecimiento y castigo sobre los responsables civiles después de 1983, pero lo que se hizo fue empezar por la alta cúpula militar, y aún eso inicialmente con desgano, como lo demostraron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. El mismo criterio siguió la conducción en el exilio de Montoneros, que llegó al extremo de excluir el Capítulo V cuando difundió la Carta.
No es raro entonces que después de una instrucción interminable y una última postergación, recién ahora empiece el juicio en los tribunales de “CABA“ por el operativo, que tuvo lugar ¡el 29 de septiembre de 1976.
Hay seis acusados -todos ex militares- por delitos de lesa humanidad cometidos contra nueve víctimas, entre ellas Vicky Walsh.
Es un ejemplo emblemático, pero representativo.
Según Infosiberia, la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad del Ministerio Público Fiscal informó que hay 1.231 condenados por delitos de lesa humanidad. Pero hay también 1.582 personas en libertad condenadas o acusadas por estos crímenes, y 504 detenidas, de las cuales más del 80% ya tiene el beneficio del arresto domiciliario. En 20 años de juicios tras la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final se dictaron 361 sentencias. Hay más de trescientad causas que languidecen en la instrucción y aún no llegaron a juicio.
Perduración y obra de los civiles del 76
Las fuerzas civiles sin las cuales el golpe del 76 nunca hubiera ocurrido lograron ir afianzando de a poco, entretanto, la transformación de la Argentina en un páramo económico, social y cultural iniciada por Martínez de Hoz.
Esas fuerzas, que abrazaron en el 76 el plan desindustrializador neoliberal y no lo abandonaron jamás van desde la más rancia oligarquía agroexportadoras pampeana y financiera global hasta los grandes industriales que controlan la Unión Industrial Argentina, de la cual alguien dijo una vez que no es ninguna de esas tres cosas.
Doblegaron en un año a Raúl Alfonsín, asaltaron el gobierno a través del traidor y criminal (Río Tercero puede testimoniarlo) Carlos Saúl Menem, lograron en 1999 que en las elecciones solo hubiera dos versiones de un verdadero Partido Único de la Dependencia (como denominó Jorge Enea Spilimbergo al delarruísmo y al menemista vergonzante Duhalde).
Tuvieron que retroceder en 2001 ante una pueblada que costó 39 muertos en dos días; De la Rúa huyó en helicóptero de la Casa Rosada, y durante la presidencia de Duhalde esas fuerzas se retiraron de escena pública lamiendo sus heridas mientras el país trataba de restablecer la institucionalidad renga de 1983, reparar las peores consecuencias del cuarto de siglo iniciado en 1976 y lanzarse a un mejor futuro a través de los gobiernos kirchneristas, a partir de 2003.
Pero desde instituciones como la Sociedad Rural Argentina trabajaron sus viejas bases agroexportadoras como un verdadero partido bolchevique, y reaparecieron en la crisis de la Resolución 125 (propuesta en su peor formato por un radical) en 2008, con el apoyo del mismísimo vicepresidente (otro radical) ¡y de sectores nada testimoniales de la izquierda!
Kirchnerismo bajo asedio y retorno de los civiles regiminosos
Desde ese momento, el kirchnerismo no tuvo un segundo de tregua. La reacción lo fue acorralando -aprovechando varios errores no forzados que cometieron tanto Néstor como Cristina Fernández de Kirchner– y reconquistó el poder arteramente, con Mauricio Macri haciendo la cínica promesa indefinida de “mantener lo que estaba bien y corregir lo que estaba mal”.
Macri fue el antecesor directo de Javier Milei, que cumplió y superó ampliamente su ignorancia, crueldad, odio al pueblo, ideologismo, venalidad y vocación de convertir a la Argentina en un infierno colonizado y sin industrias. Cumplió y cumple, con el apoyo de las mismas fuerzas que nunca fueron castigadas por el crimen de 1976, con la promesa macrista de fin de ciclo de “hacer lo mismo pero más rápido”.
Macri dejó el gobierno después de haber tomado la medida fundamental de su verdadero programa: una alta pero trabajosamente impugnable deuda con el FMI por la ilegal suma de 42.000 millones de dólares (que no fueron más gracias a quien habría de sucederlo en 2019, Alberto Fernández).
El gobierno asumido en 2019, también acosado permanentemente y desde todos los flancos por el bloque nacido en 1976, transcurrió en condiciones internacionales muy adversas.
Conviene repasarlas:
1. La pandemia de COVID -que enfrentó correctamente para salvar vidas- dejó un resabio de amargura por el encierro obligatorio que afectó particularmente y por diversas vías a las jóvenes generaciones y sectores de las clases subalternas. Su impacto fue brutal en la masa de trabajadores informales que ya venía desde Martínez de Hoz, Menem había agigantado, el kirchnerismo redujo pero no pudo eliminar entre 2003 y 2015, y Macri volvió a incrementar.
2. La guerra ruso-ucraniana, que provocó un alza en los insumos energéticos y derivados del gas y del petróleo a escala mundial y se transmitió como inflación a una Argentina que todavía no había superado su condición de importadora neta de hidrocarburos.
3. Una sequía extrema que redujo violentamente los volúmenes exportables de productos agropecuarios, que impidió aprovechar la renegociación de plazos de pago de la deuda con el FMI conseguida por el ministro de Economía Martín Guzmán para estabilizar la economía y relanzar la industrialización, como pretendia el plan del ministro de Producción Matías Kulfas.
4. El efecto inflacionario se amplificó por una sorda lucha interna entre el Presidente y la Vicepresidenta, que se expresó muy en particular -pero no exclusivamente- en la política de tarifas energéticas y, como regalo a la contrarrevolución, terminó siendo fatal para las posibilidades de reelección o sucesión segura del campo nacional en la presidencia.
La lucha fue intestina, facciosa, disruptiva de la cadena de mandos del Ejecutivo, explosiva en el Congreso, irresponsable y extorsiva. Entorpeció cada vez más la marcha del gobierno, desorientó y desmoralizó a parte del electorado, y ahondó la crisis de representación que ya se había expresado en las consignas de la pueblada de 2001 (“Que se vayan todos”: ¿quién podía saber dónde terminaba el “todos”? En el gobierno radical, en el conjunto de los políticos?).
La llegada de Milei
Por todo ello ayudó a crear un clima adverso. No sólo porque jamás tomó la forma de un debate franco y leal en medio de las grandes dificultades inesperadas que se enfrentaban sino porque (y especialmente) en vísperas ya de las elecciones de 2023 llegó a plantear que el gobierno de Alberto Fernández era “el peor de la historia”.
Al acoso permanente del bloque antinacional, la lucha agregó así un acoso interno al jefe del Poder Ejecutivo por parte de muchos de sus subordinados y una creciente desorganización de las bases sociales del gobierno, paralizadas y menguadas por las cada vez más frecuentes acusaciones de traición, que volaban como misiles iraníes desde el sector más afín a la Vicepresidenta.
Del modo más inesperado, la diferencia entre justicialistas del Frente de Todos había olvidado el “primero la Patria” proverbial del supuesto paradigma organizativo del peronismo. Sergio Massa, ungido como ministro de Economía y candidato presidencial, en medio de una inflación que empezaba a irse de las manos, tuvo que hacer campaña a la sombra de un “Somos el peor de los gobiernos, pero vótenme” que le fue servido en bandeja al renfanita y neoliberal explícito Javier Milei.
El resto, es este horroroso presente. Y todo por no hacer valer el Capítulo V de la carta de Rodolfo Walsh a la Junta de Comandantes en Jefe en 1983. No le fue mejor al movimiento obrero.
El movimiento obrero, fuera de la vida política
«La excusa del golpe del 24 de marzo, fue combatir a la guerrilla, pero su verdadero objetivo era imponer el modelo económico liberal, y como condición necesaria, debían debilitar al movimiento obrero organizado», dice en el primer párrafo de un artículo sobre “Sindicatos y dictadura” Aldo Duzdevich.
Eso no impidió que el consenso de 1983, que orientó la lucha por los DDHH hacia los sicarios y eludió a instigadores, encumbrados participes necesarios y beneficiarios de ese “modelo neoliberal”, se inaugurase después de la derrota de la Argentina en Malvinas con la llegada a la Presidencia de Raúl Alfonsín, un político de la UCR que denunció sin una sola prueba la existencia de un “pacto militar-sindical” contra la transición plena hacia el régimen democrático.
Así se iniciaron las relaciones entre el poder político y el poder sindical en la nueva etapa democratica.
No siguieron mejor. Apenas once días después de asumir, Alfonsín envío al Congreso una ley de reordenamiento sindical que pretendía “democratizar” al sector de la sociedad que más golpeado había sido por la dictadura.
Recordemos unos pocos ejemplos de esto último, para dejar en claro que el movimiento obrero no necesitaba ser “democratizado”.
1. Se estima que entre las víctimas del terrorismo de Estado un tercio fueron delegados y activistas sindicales, y grandes empresas armaron listas negras o incluso dispusieron sitios en sus plantas para uso del sicariato uniformado.
2. Mientras el radicalismo había provisto centenares de intendentes al régimen, las acciones más contundentes de resistencia a la dictadura las protagonizó y organizó un movimiento obrero sometido a maniobras que lo dividieron y a una feroz persecución.
3. En el curso de esa resistencia surgió en 1979 un dirigente irreductible, el secretario general de la CGT Brasil Saúl Ubaldini. Ubaldini lideró en fecha tan temprana como 1981 una marcha de 10.000 participantes contra la dictadura militar oligárquico-imperialista. Dirigente del pequeño gremio de los cerveceros, también encabezó la gran movilización por Pan, Paz y Trabajo a Plaza de Mayo (con algunas marchas equivalentes en otras ciudades del país) del 30 de marzo de 1982.
Esa movilización fue muy duramente reprimida, pero golpeó al gobierno y motivó la renuncia del intendente de Buenos Aires Osvaldo Cacciatore. Dejó 2074 detenidos, en Mendoza costó la vida del sindicalista minero José Benedicto Ortiz, víctima de balazos de Gendarmería Nacional, y constituyó un hito en el camino hacia la caída del régimen militar.
Ese día, Ubaldini quedó detenido junto a, entre otros, Adolfo Pérez Esquivel y un grupo de las Madres de Plaza de Mayo.
Mucci y su ley
Pero para Alfonsín, en 1983 el movimiento obrero debía ser “democratizado”. A tal fin nombró Ministro de Trabajo a Antonio Mucci.
Mucci había sido un trabajador gráfico partidario del socialista gorila (y embajador en Portugal del régimen del 76) Américo Ghioldi. La proscripción del peronismo le permitió en 1956 ser delegado gremial, al año siguiente fue tesorero del gremio reorganizado y en 1962 fue el representante de su sindicato en la reorganización de la CGT. Fue también uno de los más destacados opositores del líder peronista del sindicato, Raimundo Ongaro.
Ese nombramiento era un bofetón dirigido claramente contra Ubaldini. Pero eso era la “democratización”: el objetivo de mínima era diluir desde el Estado la identificación del sindicalismo con el peronismo. El objetivo de máxima era quitar al peronismo la conducción de los sindicatos importantes.
En este punto, salvo en las formas, Alfonsín, “padre de la democracia”, no difirió en nada del régimen antidemocrático y fusilador de 1955, nacido del bombardeo a la Plaza de Mayo y sus centenares de muertos inocentes.
La ley Mucci no pasó del Senado, donde la mayoría justicialista la hizo caer. Mucci cayó con ella, pero en cierto sentido quedó sentado un precedente: a partir de 1983 también el peronismo político fue distanciándose e independizándose del movimiento obrero.
Los sectores civiles que salieron beneficiados del régimen militar jaquearon al primer Ministro de Economía de Alfonsín, Bernardo Grinspun, desde el momento mismo en que asumió. Grinspun tenía la peregrina idea de que la monumental deuda externa contraída entre 1976 y 1983 debía revisarse y pagar sólo la parte, mucho más manejable, que podía admitirse como legítima.
Deuda externa, radicalismo y movimiento obrero
Una fracción nada menor de esa deuda estaba constituida por deudas privadas contraídas por grandes empresarios, que Domingo Cavallo había traspasado al Estado cuando el régimen empezaba a hacer agua. Los entonces llamados “capitanes de la industria”, la UIA, Sociedad Rural Argentina, la Bolsa de Comercio y todo el sistema de poder oligárquico enfrentaron a Alfonsín.
Allí ya se podía percibir que hasta los sectores industriales del gran empresariado habían roto todas las amarras con cualquier versión del proyecto industrialista que había dejado el primer peronismo y se había mantenido, aunque cada vez más penetrado por el interés imperialista, bajo el desarrollismo, el agrarismo pequeño burgués de Illía y aún el régimen de facto de la Revolución Argentina (1966-1973).
Para ese gran empresariado no sólo la Libertadora, sino también el Proceso se habían hecho “de una vez y para siempre”. La deuda externa, garantía de la impotencia del Estado ante el gran capital, era intocable.
El estáblishment ya no podía “sacar los tanques a la calle”, y sacó al dólar. Alfonsín hizo una gran convocatoria popular a Plaza de Mayo en medio de la incertidumbre económica y de precios. Y en vez de convocar al movimiento obrero y todo el pueblo argentino a organizar un frente nacional contra los sediciosos, anunció que íbamos a entrar a una “economía de guerra”, e hizo renunciar a Grinspun.
Tras la renuncia de Grinspun, el alfonsinismo ingresó en una espiral descendente a través de una serie de planes antiinflacionarios administrados por tecnócratas, en un intento desesperado de contener la presión del estáblishment haciéndole concesiones. Pero las concesiones fortalecieron cada vez más al estáblishment frente al gobierno y afectaron cada vez más el nivel de vida de los trabajadores.
Ubaldini salió a confrontar esta rendición. El radicalismo jamás le perdonó a Ubaldini los trece paros que le hizo, y en vez de reflexionar sobre sus errores todavía hoy acusa al movimiento obrero de haberlo forzado a dejar el mando a un peronista en forma adelantada y en medio del caos económico que le generó el estáblishment.
Menem, su origen y su traición
“Si decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”, supo declarar Carlos Saúl Menem con cínico desparpajo después de haber traicionado a sus votantes y destruir el principal legado del General Perón: un Estado que tenía bajo control todos los sectores estratégicos de la economía, capaz de generar tanto un vibrante mercado interno como la industria local capaz de abastecerlo.
La raigambre antiperonista de la traición quedó marcada a fuego en el indecoroso beso en la mejilla que le dio públicamente Menem al Almirante Isaac Rojas. Nadie se opuso con más firmeza a ese proyecto que Saúl Ubaldini y el movimiento obrero.
¿Cómo se llegó a ese punto?
El peronista que sucedería a Alfonsín, que después de las elecciones bonaerenses de 1987 parecía que iba a ser Antonio Cafiero, terminó siendo Carlos Saúl Menem, que venció a Cafiero en las internas presidenciales de 1989. Luego venció a Angeloz en las presidenciales y en el marasmo provocado por el estáblishment asumió en forma adelantada el 8 de julio. Se mantuvo en el cargo hasta el 10 de diciembre de 1999.
Menem fue enfilando su gobierno hacia una rendición incondicional ante la oligarquía y el imperialismo, que lo convierte en el antecesor más directo de las políticas de Macri y, especialmente, de Milei.
Con Domingo Cavallo ocupando sucesivamente la Cancillería (donde negoció los nefastos Acuerdos de Madrid con el Reino Unido) y el Ministerio de Economía, Menem se garantizó la permanencia destruyendo por completo el control estratégico del Estado sobre los sectores clave de la economía, privatizando las grandes empresas estatales, y “fortaleciendo” con los dólares así obtenidos el peso, para sostener una destructiva paridad de uno a uno con el dólar con la mal llamada convertibilidad.
La dirigencia politica peronista se acomodó a esa novedosa orientación. Menem logró capturar para su bando incluso al socialista de izquierda nacional Jorge Abelardo Ramos, que en septiembre de 1973 supo apoyar críticamente, con una boleta independiente y socializante, al mismísimo Perón. El contexto mundial -la caída de la URSS y la dificultad de mantener una “tercera posición” cuando enfrente sólo había una- doblegaba a las que habían sido las más firmes figuras del nacionalismo revolucionario.
El mismo radicalismo que acusa al movimiento de haber causado la salida de Alfonsín con sus trece paros olvida que, en tan difícil momento, Ubaldini resistió la traición, y con él una parte de la Izquierda Nacional y un puñado de políticos que rompieron con Menem tras haber llamado a votarlo en 1989 contra el candidato radical, Eduardo Angeloz (que a diferencia de Menem sí decía “lo que iba a hacer”: lo mismo que terminó haciendo el riojano).
El movimiento obrero volvió a dividirse, y parte de él se hizo menemista. Pero en torno a Ubaldini se organizó un bloque resistente que no sólo lo acompañó mientras lideró el combate, sino también cuando, aplastado por el aparato político menemista, sufrió una gran derrota ante el menemista Eduardo Duhalde al presentarse como candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires en 1991.
Desde ese momento, los caminos del peronismo político y del movimiento obrero se separaron cada vez más. El histórico tercio de representantes que el General Perón le asignaba en las listas electorales se redujo a unas pocas figuras, elegidas por afinidad con alguna línea interna del peronismo político y no desde la CGT, a la que por otro lado se le escindió una Central de Trabajadores Argentinos social cristiana (CTA, hoy a su vez partida en dos) que a veces coloca representantes en listas de centroizquierda o peronistas.
El MTA y el kirchnerismo
De la experiencia de Ubaldini (a quien el peronismo político menemista “perdonó” por los paros que le había hecho y la osadía de presentarse a la gobernación de Buenos Aires enterrándolo en una diputación nacional en 1997) quedaron importantes restos en el movimiento obrero, agrupados en el MTA.
Sus integrantes siguieron con sus luchas hasta que, tras el estallido de la convertibilidad menemista en el gobierno de de la Rúa, la pueblada del 19 y 20 de diciembre de 2001, y los dos años en los que Duhalde fue presidente provisional de un país sumido en el caos y más de 20% de desocupación, llegó el kirchnerismo a la presidencia en 2003.
La relación del kirchnerismo con esos dirigentes sindicales no llegó nunca a tener la profundidad y compenetración que había caracterizado a los gobiernos de Perón.
Sin embargo, la CGT conducida por Hugo Moyano (Secretario General del sindicato de Camioneros, había llegado a ocupar un lugar menor en las listas con que Ubaldini se había presentado a las elecciones de 1991) le brindó permanente apoyo, aunque mantuviera diferencias como la aplicación del impuesto a las ganancias a los asalariados.
La relación era muy estrecha en 2010. Con Cristina presidenta, Moyano organizó un acto extraordinario de apoyo en la cancha de Ríver. Era también una demostración de fuerza, y el camionero se atrevió a decir que soñaba con ver a un trabajador en la presidencia algún día.
La alusión a Lula era evidente.
Cuando le tocó hablar a Cristina Fernández de Kirchner, la respuesta fue encendida. Se reivindicó como trabajadora ella misma, omitiendo que Moyano no hablaba de la condición individual sino de la pertenencia al movimiento obrero, y reafirmó todo lo que los trabajadores le debían al kirchnerismo.
Desde ese acto, el movimiento obrero y el peronismo transitaron por caminos divergentes, que se alejaron más rápido aún tras el fallecimiento de Néstor Kirchner.
Ni siquiera el experimento macrista suturó esas heridas, aunque ambos se reaproximaron en la campaña electoral de 2019, y la CGT, ya dirigida por Héctor Daer, apoyó al gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández, pero manteniendo la distancia entre el movimiento obrero y la actividad política. Daer se mantuvo fuera de las disputas internas del FdT, aunque siguió apoyando a Alberto frente a los embates oligárquico-imperialistas.
Finalmente, bajo Milei recogemos los amargos frutos de esa división e incluso desconfianza mutua.
Mientras el consenso de 1983 no resuelva esas dos deudas consigo mismo (DDHH y participación política del movimiento obrero), no habrá patria justa, libre y soberana. Y no jugaremos el rol que la Argentina merece, en América Latina y el mundo. Y para peor, el establishment siempre estará al acecho para ponerle fin a la democracia.
* Geógrafo / Periodista – Integrante de Ya Nada Será Igual (miércoles de 19 a 20 hs.)











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