Por Gabriel Fernández *
Un apunte colateral, que tal vez discrepe con los ejes que vengo leyendo y escuchando. El fútbol americano, un deporte que no conozco, no me interesa y por tanto no disfruto, es una creación del pueblo de los Estados Unidos de Norteamérica. Será poca cosa (para mi, que amo y necesito el fútbol que allí llaman soccer) pero es una realización muy propia de esa región del continente.
En todo el entretiempo durante el cual desplegó su recital -13 minutos aproximadamente- Bad Bunny no dedicó un sólo fragmento al idioma inglés. Se observaba que, en las tribunas, una gran parte del público no entendía su decir; infiero que en sus casas, muchos de los espectadores padecieron el mismo problema.
Sentí que, impulsado por una gigantesca máquina publicitaria, las compañías organizadoras le arrebataron a los sectores populares estadounidenses una creación muy propia, muy querida, y les impusieron un mensaje “correcto” hasta en su formato, el trascendente envoltorio idiomático.
En mis textos habituales he condenado con información y análisis la crisis humanitaria impuesta por el capital financiero a ese pueblo y denunciado la grave acción represiva del ICE, cuya responsabilidad recae, claro, sobre Donald Trump. Es decir, objetar el show del puertorriqueño (también se lo puede llamar portorriqueño) no implica apoyar la agresión a los migrantes.
Tiempo atrás, hice un planteo con pespuntes ligados cuando, en la apertura de la Copa América, los organizadores impusieron un pastor protestante para discursear desde el centro del terreno de juego. Por entonces, señalé que el carácter ensimismado de los norteamericanos impuso esa prédica a decenas de equipos formados y alentados por católicos y agnósticos.
Finalmente, me preocupa que las almas bellas tomen como ariete una presunta reivindicación de lo latino, de nuestra lengua española que tantas veces denostaron, de la lucha de los desempleados y marginados de los Estados Unidos, y lo impongan como la nueva tarea democrática de Occidente. Como no suponer que allí hay conejo encerrado.
Cuando todos sus medios se enlazan y transmiten en cadena decretando qué aplaudir y qué denostar, es preciso indagar por qué. En estas horas lanzan dardos contra quienes se atreven a indicar que no comprendieron la puesta en escena y el sentido de las canciones. Sin embargo, esas consideraciones bien pueden haber sido formuladas por numerosos hombres y mujeres de las capas modestas del Norte.
Hay cierta coincidencia acerca de la existencia de un quiebre interior en la otrora gran potencia. Se habla, con fundamento, de una proto guerra civil. Pasa que no resulta sencillo describir quién está de un lado, y quién de otro. A mi no me queda claro, debo indicarlo, donde está situado el showman global llamado Bud Banny.

Será que no lo conozco, no me interesa, no lo disfruto.
* Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal








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