Por Carlos Aira
En la historia del deporte argentino existe un antes y un después de 1948. No se trata solo de récords o medallas, sino de una transformación estructural que convirtió al pibe de barrio en el protagonista central de la política nacional. Los Juegos Juveniles Evita, evocados recientemente en Abrí la Cancha por los especialistas Víctor Lupo y Osvaldo Jara, representan mucho más que un torneo: fueron la mayor obra de ingeniería social aplicada al deporte en América Latina.
La génesis de los Juegos, como bien explica el investigador Osvaldo Jara, fue una ruptura simbólica y práctica. Surgieron de las entrañas de la Fundación Eva Perón, una organización que barrió con la estructura elitista de la antigua Sociedad de Beneficencia para instalar una red de protección a la niñez, el turismo y la vejez.
El proyecto, acercado a Evita por el relator Lalo Pelliciari y el periodista Emilio Rubio, se encendió como un reguero de pólvora. Lo que en octubre de 1948 comenzó como un campeonato de fútbol para chicos de entre 11 y 14 años en Buenos Aires, pronto se convirtió en un fenómeno federal. Para 1954, con la incorporación de las mujeres y múltiples disciplinas como el atletismo y el básquet, la cifra de inscriptos alcanzó el récord de 218.000 jóvenes.
“Escuchar la marcha de los Juegos Evita me genera mucha emoción porque fueron el eje de la formación de varias generaciones”, confiesa Víctor Lupo, ex subsecretario de Deportes de la Nación. Y es que la mística no era solo competitiva.
Bajo la doctrina del Dr. Ramón Carrillo, los Juegos funcionaron como un sistema de salud preventiva masivo. En una época donde muchos argentinos solo accedían a una revisión médica completa al cumplir la mayoría de edad para el servicio militar, los Juegos Evita adelantaron ese derecho a los 12 años. El deporte era la “excusa” para vacunar, revisar y cuidar el crecimiento de los hijos del pueblo.
Para Lupo, el impacto de los Juegos trascendió lo biológico para entrar en lo político y formativo. La famosa frase de Evita en 1952 —“Preparamos a los hijos del pueblo para que sean conductores”— resuena hoy como una profecía. Según el autor de Historia del Deporte Argentino, la disciplina y el sentido de comunidad aprendidos en esos torneos fueron la base sobre la que se construyó la resistencia peronista años más tarde.
El viaje a las finales en Buenos Aires, la entrada por primera vez a estadios míticos como la Bombonera —experiencia que marcó a figuras como Toscano Rendo— y la convivencia en unidades turísticas como Chapadmalal o Embalse Río Tercero, grabaron en la memoria de esos jóvenes una idea de país donde ellos eran “los únicos privilegiados”.
El relato de los especialistas no esquiva la crítica al presente. Jara señala una “falencia en el mundo de las ideas” y la falta de voluntad política para entender que el Estado no puede gestionar el deporte sin las Organizaciones Libres del Pueblo (los clubes de barrio y asociaciones).
Desde la aparición de cracks de la talla de José Francisco Sanfilippo o el Piojo Yudica durante aquellos primeros Evita; luego de un niño llamado Diego Maradona en la edición de 1973 hasta las interrupciones presupuestarias de las últimas décadas, los Juegos Evita siguen siendo el espejo donde el deporte argentino se mira para recordar su verdadera misión: no solo fabricar campeones, sino formar ciudadanos sanos, solidarios y, sobre todo, conductores de su propio destino.
Periodista y escritor. Conductor de Abrí la Cancha. Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.













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