Por Carlos Aira
Ya estamos en 2026, el año de la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA. La cuenta regresiva ya domina las calles. El próximo 11 de junio, el Estado Azteca hará historia al dar inicio del primer Mundial organizado en forma tripartita de la historia. Para nosotros, el camino comenzará el 16 de junio frente a Argelia, con el sueño de bicampeonato en el horizonte. ¿Quién puede quitarnos la ilusión del bicampeonato aunque sea una hazaña reservada para pocos? La historia nos guía: lo hizo la Italia de 1938 y aquel legendario Brasil de Pelé y Garrincha en 1962. Argentina acarició la gloria en 1990, en aquella final que todavía nos duele por el arbitraje de Edgardo Codesal. El año también comenzó con la operación bélica de los Estados Unidos sobre territorio venezolano. El secuestro del mandatario Nicolás Maduro. ¿FIFA aplicará las sanciones reglamentarias sobre la federación anfitriona del Mundial? Bien sabemos que no sucederá y Donald Trump lucirá su Premio de la Paz FIFA por su labor en acuerdos globales y esfuerzos diplomáticos.
Pero en las últimas semanas, la atención casi absoluta de la prensa argentina se centró sobre la Asociación del Fútbol Argentino. Como si no existieran preocupaciones en un país qué, desde el 1 de enero de este 2026, miles de argentinos perdieron sus subsidios a la energía eléctrica, la tarifa Social Federal de Gas y el Programa Hogares con Garrafa. Desde Abrí la Cancha, intentaremos aportar algunas pistas para comprender el escenario actual. Diversos grupos económicos y mediáticos han desatado una ofensiva contra la AFA a través de un ‘periodismo de demolición‘ que ignora los parámetros históricos de la profesión. Si bien las operaciones han existido siempre, hoy nos enfrentamos a un periodismo de guerra sin precedentes.
UN POCO DE HISTORIA
¿De qué estamos hablando? De un negocio con cifras astronómicas y en aumento. Para comprender que está sucediendo es clave conocer la historia. Pongamos como punto de partida los años 90s. En aquellos días, de fútbol codificado y Ley Bosman, los derechos de TV de nuestro fútbol estuvieron en manos del holding Clarín-TyC con inversiones irrisorias y utilidades millonarias. Esta maniobra dejó a los clubes en una situación de dependencia absoluta: un fútbol con las arcas vacías resultó ser el escenario ideal para que las esferas de poder impusieran sus condiciones sin resistencia.
El escenario cambió drásticamente en 2009 con la irrupción de Fútbol para Todos. Frente a un contrato de Clarín-TyC que apenas alcanzaba los 260 millones, la oferta estatal de 700 millones resultó determinante. Julio Grondona rompió el vínculo previo, quebrando así la cadena de pobreza a la que estaban condenados los clubes. Por disposición del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, el canon de FPT comenzó a repartirse de forma equitativa, disparando una explosión en el mercado interno. Instituciones que antes tenían las arcas vacías pudieron finalmente ejecutar obras y fortalecer sus planteles. Esta nueva paridad financiera aumentó la competitividad, un fenómeno que quedó grabado en la historia con los descensos de gigantes como River, Independiente, Rosario Central, Huracán y Gimnasia entre 2011 y 2013
Sin embargo, el escenario cambió de raíz. El fallecimiento de Julio Grondona en julio de 2014 dejó un vacío de poder sistémico que coincidió con la llegada de Mauricio Macri a la presidencia de la Nación a fines de 2015. El macrismo intentó subordinar las estructuras del fútbol a través de un Círculo Rojo de poder, pero se topó con tres focos de resistencia: un bloque de dirigentes de peso (como D’Onofrio, Tinelli y Gámez) y una multitud de clubes estrangulados financieramente. Bajo la órbita de Fernando Marín, el gobierno retuvo los fondos de Fútbol para Todos, empujando a los clubes humildes a unirse bajo el rótulo de Ascenso Unido. Tras el caos de la Copa América Centenario, Macri logró el aval de FIFA para intervenir la AFA mediante una Comisión Normalizadora. Aunque Armando Pérez figuraba como el rostro visible, el poder real lo ejercía Javier Medín, abogado de SOCMA. Finalmente, la Comisión fue incapaz de domar las aguas turbulentas del fútbol y terminó naufragando.
Ante el estrepitoso fracaso de la Comisión Normalizadora, el verano de 2017 forzó un acuerdo político inesperado entre Mauricio Macri y Hugo Moyano, entonces presidente de Independiente. El pacto buscaba devolverle la gobernabilidad al fútbol a través de la figura que lideraba el Ascenso Unido: el yerno de Moyano y directivo histórico de Barracas Central, Claudio Tapia. La apuesta de Macri era doble: desplazar de una vez a figuras como D’Onofrio, Tinelli y Verón, y encumbrar a un presidente que suponía débil. En su esquema, Tapia sería solo un rostro visible, mientras el poder real quedaría en manos de su ‘círculo rojo’, con Daniel Angelici moviéndose a sus anchas por los pasillos de la AFA.
Mauricio Macri, quién en campaña había prometido no intervenir en los negocios del fútbol, terminó negociando los derechos de TV de manera impúdica. La decisión ya estaba tomada: Fox y Turner, en alianza con Clarín, serían los nuevos dueños del negocio. Sin prurito alguno, el secretario de Presidencia, Fernando De Andreis, recibió en la Casa Rosada a los altos ejecutivos de ambas cadenas mientras la AFA permanecía intervenida por pedido del propio mandatario. Bajo el sello de la Comisión Normalizadora – una de las etapas más oscuras del fútbol argentino – el control real no residía en Armando Pérez, sino en Javier Medín, abogado del Grupo SOCMA.
El contrato se rubricó el 14 de marzo de 2017, apenas quince días antes de que Claudio Tapia asumiera la presidencia.
QUE ESTÁ PASANDO HOY
Con el tiempo, Claudio Tapia demostró una astucia inesperada al saber rodearse de piezas clave como Pablo Toviggino – hombre elegido por Mauricio Macri para la Comisión Normalizadora – y lograr el respaldo temprano de Víctor Blanco. El Chiqui no solo le torció la muñeca al macrismo, sino que inició un camino de autonomía institucional. El gran mojón fue, sin duda, el Maracanazo de 2021, un éxito deportivo que sirvió de plataforma para negociar recursos extraordinarios. A partir de allí, la marca AFA realizó un trabajo descomunal montándose sobre las figuras globales de Lionel Messi y Ángel Di María.
Si en 2016 la Selección no generaba utilidades, hoy la realidad es otra: desde 2022, AFA ha tejido una red de convenios en Asia que pasan desapercibidos en Argentina porque reconocer ese éxito financiero es reconocer el triunfo de una gestión. Los contratos en China con gigantes como Tencent o Yilli, y los acuerdos en Bangladesh —donde incluso la tarjeta de transporte de Dhaka lleva el escudo de la AFA—, representan millones de dólares ‘invisibles’ para el hincha común. Tras Qatar, con el ascenso de Dibu Martínez y Julián Álvarez al estatus de estrellas globales, la discusión de fondo en este 2026 no es solo deportiva: es una disputa por el control de la marca de branding más importante del mundo. El gobierno de Javier Milei, con Guillermo Tofoni como alfil, y los grupos mediáticos tradicionales, saben que la AFA hoy tiene socios globales más fuertes que los actuales dueños de los derechos de TV, y nadie quiere quedar fuera de ese reparto millonario.
(*) Periodista y escritor. Conductor de Abrí la Cancha. Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.













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