Por Leonardo Martín
La foto que ilustra la nota la posteó Nicolás Otamendi con un breve mensaje: “la vieja guardia, campeones del mundo”. Allí se los ve sonrientes, felices, al propio Otamendi, Messi y Di María con la Copa del Mundo en el vestuario apenas un rato después de alcanzar el cielo con las manos del firmamento del fútbol, más alto que ganar una Copa del Mundo no se puede.
Algo similar ocurrió con Lionel Scaloni, que fue denostado por parte del periodismo deportivo al ser designado como entrenador de la Selección. Vale decir que era válido pensar en 2018 y 2019 si tenía la capacidad suficiente para el manejo del seleccionado argentino ante la falta de experiencia al mando de un equipo, pero lo que hubo fueron operaciones contra Scaloni (que también era una manera de pegarle al Chiqui Tapia) que quedaron sintetizadas en el momento televisivo en la pantalla de ESPN donde el Pollo Vignolo, Oscar Ruggeri y Sebastián Domínguez manifestaron abiertamente que preferían la derrota argentina en la Copa América en defensa de un supuesto proyecto que no había o que ellos no veían.
La Copa del Mundo está fresca, no hace falta explicar ni profundizar demasiado en el rendimiento que tuvo cada uno en el certamen. Messi (35 años) se ganó la eternidad, Otamendi (34 años) tuvo un nivel superlativo y en el caso de Di María (34 años) con menos partidos por una molestia muscular, tuvo una final sensacional en los 70 minutos que estuvo en cancha, con gol incluido y haber recibido el penal que Messi cambió por gol.
A los tres los une un largo vínculo con la Selección, pero también algo que hoy quedó en el pasado. Los tres en algún momento de toda esa trayectoria fueron lapidados por el periodismo y, hay que decirlo, también por los hinchas del seleccionado, Messi incluido.
Del 10 se dijo que “no cantaba el himno”, “que no aparecía en las finales”, “que no le daba la talla futbolística en comparación con Maradona”, “que miraba el piso en partidos trascendentales”, “que rendía en el Barcelona y no en la Selección”, “que en el Barcelona juega bien porque tiene monstruos de compañeros”. Hoy muchos lo negarán, pero se ha escuchado todo eso, especialmente en la seguidilla de finales perdidas contra Alemania y ambas contra Chile por las Copas Américas.
También Di María recibió durísimos cuestionamientos, especialmente apuntado por la desgracia de las lesiones musculares con Bélgica en el Mundial de Brasil y contra Chile en la final jugada en Santiago en 2015. Se dijo de todo de Fideo, al punto que su esposa tras la consagración en Qatar escribió un post en redes sociales donde recordó a esos periodistas que fusilaron mediáticamente a Di María.
Caso similar el de Otamendi, del que también se dijo de todo, especialmente en el Mundial de Rusia, donde el equipo fue un desquicio con un técnico (Sampaoli) y un ayudante (Beccacece) que no hicieron más que apuntalar la confusión empeorando todo lo que podía empeorar de un equipo que venía golpeado y que pedía a los gritos una renovación que no pudieron o no quisieron hacer.
EL FÚTBOL Y LAS REVANCHA
Del traumático Mundial de Rusia a este presente de gloria. El Seleccionado de Scaloni comenzó a pisar en tierra firme en la Copa América de 2019 en Brasil donde quedó eliminado injustamente en semifinal con el equipo local con un arbitraje que inclinó la cancha y evitó ver jugadas favorables a Argentina que podrían haber cambiando el rumbo del partido.
En las eliminatorias continuó creciendo, avanzando a paso firme hasta que llegó la pandemia que puso por unos meses al mundo en suspenso, incluido el fútbol. El primer gran paso fue la obtención de la Copa América nuevamente jugada en Brasil con la final en el Maracaná definida con un gol de Di María. El resto es historia conocida y reciente.
En ese proceso, Otamendi pasó de ser un jugador con las dudas de un equipo que terminó el Mundial de Rusia hecho un desquicio, a ser el líder defensivo, impasable en el juego aéreo, importantísimo en la función de salir a anticipar lejos del área.
Di María, en el jugador tremendamente desequilibrante que es, por momentos indescifrable para sus marcadores, jugando tanto por derecha como por izquierda. Autor de goles en dos finales, nada más y nada menos.
Y de Messi qué decir, en el último año y medio logró sacarse las espinas para tener una carrera profesional perfecta, única y que lo catapulta para al menos estar en un pie de igualdad con Maradona y Pelé. Veterano, líder y sensacional en su juego, obtuvo la Copa América y el Mundial. De aquellas críticas a las millones de camisetas de Messi que se vieron en estos días mundialistas. Para más de una generación que se asomó al fútbol en las últimas dos décadas, indudablemente es el más grande y lo va a seguir siendo quizás para el resto de sus vidas.
Messi jugó cinco mundiales, Di María cuatro y Otamendi tres. La persistencia, un recorrido que los pasó por diferentes niveles en su relación con el periodismo y el público. Ninguno de los tres tuvo actitud revanchista en las celebraciones, la podrían haber tenido o manifestado. Se mantuvieron al margen del periodismo carroñero y que se alimenta en base a polémicas inútiles y exaltar ánimos y que por momentos sacar lo peor.
¿Pero qué enseñanzas deja este recorrido? Primero, el exitismo exacerbado, la necesidad siempre de respuesta inmediata donde solo importa el triunfo pareciendo que Argentina juega sola, y que ganar y perder siempre depende de su capacidad y de la que pueden tener otros equipos. Que tampoco hay margen alguno para el error.
Pero, además, entender que el lucimiento individual depende del funcionamiento colectivo del equipo. Pensar en rendimientos aislados sin comprender en el andamiaje en el cual están insertos esos jugadores y en procesos en los cuales muchas veces se va encontrando ese equipo. No todo es respuesta inmediata. En el Seleccionado de Scaloni ese crecimiento fue sostenido, le fue dando forma a un Seleccionado que tuvo en los primeros 70 minutos con Francia un punto altísimo, quizás la diferencia más clara en una instancia de esas características y con ese nivel de competetividad.
Lionel Messi, Angel Di María, Nicolás Otamendi y Lionel Scaloni, a su modo respondieron con hechos las críticas que en gran parte fueron desproporcionadas y en muchos casos con mala leche por parte de una franja importante del periodismo deportivo corporativo.
Como la máxima no escrita, la verdad se ve en el verde césped. La respuesta se vio ahí. Cambiaron críticas y dudas por elogios y devoción. La vieja guardia respondió, escribió con mayúsculas un capítulo gigante de la historia del fútbol argentino.











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