Por Lucas Yañez*
Entre los avances y retrocesos que se toma nuestro Pueblo para construir su historia – “no hay cosa más sin apuro / que un pueblo haciendo la historia“, cantaba don Alfredo Zitarrosa- a veces nos da la sensación de andar dando vueltas por los mismos rumbos. Circularidad de la historia, que le dicen.
Entonces, un día como hoy, 3 de febrero, pero de 1813, nos encontramos con que, por una barranca del Río Paraná “Avanza el enemigo a paso redoblado”.
El verso, que hemos gritado a voz en cuello cada 17 de agosto, mientras estábamos en la escuela, forma parte de la composición con la que Carlos Javier Benielli acompañó la música de su amigo Cayetano Alberto Silva, natural de la Banda Oriental pero afincado en esta orilla.
Silva era hijo de Natalia Silva, una africana esclavizada cuyos propietarios le habían impuesto nombre y apellido. Estudia música en la escuela de artes y oficios de Montevideo y, hacia fines de la década del ’80 del siglo XIX, se siente atraído por las ideas anarquistas que lo llevarán a componer “La Aurora de la Vida”, un himno obrero.
Hacia 1890 lo encontramos en Buenos Aires, donde sigue estudiando y profundizando sus conocimientos de música pero, su condición afrodescendiente y proletaria le cierran puertas de espacios culturales considerados propios de la élite y lo obligan a buscar la manera de ganarse el sustento. Debe haber sido dura la elección entre sus ideales ácratas y su pasión por la música. Finalmente ésta se impone y Cayetano Silva se enrola en el ejército argentino como maestro de música. Como oficial músico pasará por distintos regimientos, formando sus bandas y adquiriendo experiencia en acordes marciales. Mendoza, Rosario y Venado Tuerto serán sus asientos y en cada uno de ellos, se vinculará con la sociedad civil y dedicará parte de su tiempo a la docencia y a la formación de bandas musicales, sin abandonar la composición de sus propias piezas.
Obtenida la baja del ejército, se incorpora como músico a la policía santafesina. El talento artístico no siempre va acompañado de los medios de vida para poder desarrollarse. Apremiado económicamente durante toda su vida, Cayetano Alberto Silva se verá obligado a vender sus derechos sobre la Marcha de San Lorenzo en $ 50.- Sus penurias no acabarán cuando parta de este mundo. Sus familiares hacen gestiones para depositar sus restos en el panteón policial. Serán rechazados. El color de piel de Cayetano no lo hará “digno” de tener allí su última morada.
El 3 de febrero de 1813, un puñado de patriotas esperan, tras los muros de un histórico convento, con sus aceros desenvainados. Tienen que hacer esfuerzos por contenerse y contener a sus corceles para lanzarse contra un enemigo que avanza, a paso redoblado, a mantenernos bajo la bota imperial.
Nos gusta imaginarnos, en este tiempo cargado de desafíos, que estamos, como Pueblo, tras los muros, esperando la voz del gran jefe para salir a cargar sobre ellos y empujarlos por la barranca de la historia.
Y, de paso, intentar la libertad de medio continente, o del continente entero. No imaginemos menos.
(*) Docente de historia del Profesorado Alfredo Palacios, presidente de la Junta de Estudios Históricos de Barracas.





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