Por Emiliano Vidal*
Esta es la cuarta entrega de una saga de notas que intentan oficiar de puente para comprender la relación entre las dos argentinas dentro de un mismo territorio. La pandemia no solo desarropó al país desigual. Si el epicentro del covid19 fue el AMBA, (área metropolitana de Buenos Aires), y su ramificación hacia toda la República, es imperioso comprender la histórica conexión de la ciudad capital y las demás provincias, y en ella, los dos proyectos de país: el industrial o el semicolonial. El pasado reciente facilita la tarea. Se cumplen 150 años del genocidio del Paraguay, la contienda más larga y destructiva de Sudamérica en el siglo XIX. Se prolongó más de cinco años. Se perdieron alrededor de 300 mil vidas. Se destruyó el estado guaraní abanderado del proteccionismo económico. Los muertos por enfermedades, epidemias y hambre superaron a los producidos en los campos de batalla. Desde la peculiar dicotomía “civilización o barbarie”, aquella pugna clarifica la actual realidad entre la ciudad de Buenos Aires, la provincia homónima y el resto de la Nación.
En el combate de Cepeda, en 1859, los porteños demostraron enormes ribetes de ferocidad. En el campo de batalla, aún derrotados, fueron duros y difíciles para los bravos jinetes provincianos. También lo fueron en los escritorios: las provincias ceden por cinco años las rentas de aduana a Buenos Aires. El líder del Paraguay desarrollado, Francisco Solano López, oficia de mediador entre Buenos Aires y las provincias. Juan Bautista Alberdi brama que los porteños se están quedando con la renta portuaria.
Es que superada la crisis económica provocada por las guerras de la Independencia española, la economía del Plata se desarrolló con base agraria. Así, la oligarquía rural, encandilada por lo que venía del puerto, plasmó la riqueza natural de la pampa húmeda junto a las ventajas de su desarrollo urbano. Justo José de Urquiza lo sabe. Esa minoría nunca compartirá el poder. Pensará en engrandecer una ciudad, no un país. A pesar de haber derrotado a Juan Manuel de Rosas en Caseros, y de contar con el apoyo del Litoral y de las demás provincias, Urquiza sufre fuertes resistencias en Buenos Aires. Su organización nacional tiene dos pilares pensados en los intereses porteños: el Protocolo de Palermo y el Acuerdo de San Nicolás. Nada los seduce. La principal ciudad de Buenos Aires, se subleva el 11 de septiembre de 1852. Cualquier semejanza con esta pandémica realidad no es coincidencia. En el ayer hay muchas respuestas del hoy.
En 1865, la guerra del Paraguay irrumpe en ese contexto y con dos objetivos del incipiente poder mundial con asiento en Inglaterra, “el taller del mundo”: había que eliminar un país de proteccionismo económico, pero además crear en otro, el argentino, un poliedro canijo cuyo vértice sea la ciudad puerto, las economías regionales dependientes y abastecedoras de materias primas y un nulo mercado interno.
Entonces, cuando Buenos Aires derroca a Urquiza, en un aspaviento cívico/militar pergeñado por Valentín Alsina y un emergente coronel Bartolomé Mitre, quedaron plasmados los dos modelos de país. Por un lado, el puerto de Buenos Aires, los mercaderes y los estancieros de la pampa húmeda. Del otro, las restantes provincias y sus raquíticas industrias.
En septiembre de 1861, la Confederación argentina bajo la conducción del general entrerriano, es derrotada en Pavón. La batalla estaba decidida a favor de los federales provincianos. La Buenos Aires de Mitre no vence en la contienda: Urquiza concede la victoria.
La ciudad de Buenos Aires es una ciudad muy rica en relación con el país. Desde la creación del Virreinato en 1776, el distrito oficiaba de asiento de las autoridades principales acarameladas por las cercanías del puerto y la aduana. En septiembre de 1880, desde el entonces pueblo de Belgrano, asiento del gobierno del que debió trasladarlo el entonces mandatario, Nicolás Avellaneda ante el clima candente con la provincia de Buenos Aires, firmó la municipalidad de la Ciudad y su flamante capitalización de la República. Las migraciones internas que bordean el límite entre la ciudad y su ya anterior dueña, la provincia homónima, moldean el área metropolitana, carente de legislación que regule su cotidiana actividad. Lo que sobrevino es una estampa de la eterna situación política y económica de la Nación, la provincia y la ciudad homónimas.
El genocidio paraguayo
A poco de iniciarse las escaramuzas contra el único país proteccionista de su economía, el Paraguay de los Solano López, el nueve de abril de 1865, el general Robert Lee rinde sus tropas luego de ser derrotado. Es el fin del Sur algodonero y esclavista de las trece colonias inglesas en la américa norteña. El vencedor es el Norte industrial de Abraham Lincoln, impulsor de instalar un mercado interno y un estado poderosamente capitalista. Todo transcurre en el mismo año y en los dos ápices del continente: las Provincias Unidas del Sur y los Estados Unidos del Norte.
El Tratado de la Triple Alianza entre la Argentina, Brasil y Uruguay se firmó unos años antes. Había que liquidar al Paraguay, el último baluarte contra el librecambio que alentaba Inglaterra. Además, ese Paraguay era un protector natural de los caudillos federales, quienes seguían revindicando su causa aún después de Pavón.
En sus Póstumos V -editado como “Grandes y pequeños hombres del Plata”-, el pensador tucumano Juan Bautista Alberdi identifica el centralismo capitalino con la unidad de todas las provincias en una Confederación dotada de una Constitución Nacional avalada por todos. El porteño Bartolomé Mitre es todo lo contrario. Su Buenos Aires impulsa el separatismo, la autonomía de una provincia y el sometimiento del resto del país a los intereses porteños. Buenos Aires, es la civilización; las provincias, la barbarie.
La matanza del Paraguay está en esa línea. Después del desastre en la batalla del Curupaytí, Mitre regresa del combate para ocuparse de las montoneras. Brasil queda al frente de la guerra. La muerte se adueña de la escena. El Paraguay llega a pelear con niños a los que les pintan bigotes con carbón para que parezcan hombres. Todos los hombres han sido acribillados.
El abogado Alberdi es uno de los pocos pensadores que analiza las diferencias entre las dos américas, la del norte y la de sur. En el primero impera la industria y el mercado interno. En el sureño, la ciudad portuaria sin nación ni mercado para todos. La ciudad exportadora y no productora. La ciudad sin mercado interno. No hay proyecto industrial. Es Mauricio Macri, luego de brincar de la jefatura de Gobierno porteño a la primera magistratura de la República en diciembre de 2015 y manifestar: “la Argentina tiene que ser el mercado del mundo”.
La Guerra del Paraguay fue la contienda entre el librecambio y el proteccionismo económico. 150 años después, continúa la misma dicotomía. El librecambio porteño destruye a las provincias. La protección de las industrias es intervencionismo estatal. Y en el medio la pandemia que mata.
La conducción estratégica del combate no la tenía Argentina. Había una diferencia importante: mientras que Brasil tenía diez millones de habitantes y puso 140 mil personas en el frente, la Argentina tenía 1,7 millones de habitantes y brindó 30 mil soldados. El paraguayo Francisco Solano López lleva la guerra hasta el final. Es un desastre para todos. El caudillo riojano “Chacho” Peñaloza es asesinado y su cabeza puesta en la pica. Buenos Aires no perdona. La matanza del Paraguay surge en un momento clave en la definición de la geografía política de la región. Brasil y la Argentina se consolidan como referentes regionales pro británicos. La ambición porteña de Mitre desmoronó sus planes políticos. Los liberales mitristas perdieron su lugar preponderante. La próxima revolución de Mitre del 24 de septiembre de 1874 está en esa línea, en pos de desconocer el triunfo del flamante presidente electo, Nicolás Avellaneda, es otro capítulo de su decadencia política. Cuatro años antes, el propio Mitre funda el diario La Nación.
En agosto del año pasado, Macri es Mitre. Un día después de haber perdido las PASO contra el actual Alberto Fernández, el ex mandatario incendió la economía argentina; el país viviría las peores 48 horas en décadas. El entonces presidente ofreció una conferencia de prensa junto a su compañero de fórmula, el multifuncional Miguel Ángel Pichetto; casi sin furcios, culpó el colapso de los mercados al resultado electoral y por ende a los argentinos que no lo reeligieron. El pasado continúa como tragedia.
En la primavera de 1880, cuando la ciudad porteña es tomada a sangre y fuego por el flamante estado nacional, las provincias quedan en la derrota y el atraso. Es el fin del federalismo. El tucumano Julio Roca, sucesor de Avellaneda en la primera magistratura, aniquila la Patagonia. El país neocolonial que construyó Buenos Aires fue para beneficio propio y no del resto del país.
Exterminado el Paraguay, los caudillos federales, los pueblos originarios, desde el apotegma albedriano “gobernar es poblar”, se pergeñó la Argentina con asiento en la ciudad capital, portuaria y pro inglesa.
La pandemia corre el velo de dos países que conviven. Si el epicentro del covid19 fue el AMBA, (área metropolitana de Buenos Aires), y su propagación hacia toda la República, es importante comprender la histórica relación de la ciudad capital y las demás provincias. Tras los reclamos sindicales de miembros de policía de la provincia de Buenos Aires, el presidente Alberto Fernández impulsó la quita de un singular porcentaje de la coparticipación federal a la ciudad homónima. Rodean la Quinta de Olivos como lo hicieron los efectivos de las Guardias Nacionales bonaerenses a la Casa Rosada hace 140 años. No es la revancha de Carlos Tejedor, aquel gobernador provincial, perplejo por la quita a sangre de su principal ciudad y su posterior municipalización. Tampoco Alberto Fernández es Nicolás Avellaneda. La pandemia acelera los tiempos. El país está en crisis. Trona Horacio Rodríguez Larreta. Es Bartolomé Mitre regresando del Paraguay. En 1866, el frente interno de Mitre está preocupado porque avanza el “Quijote de los Andes”: Felipe Varela. Los desertores del Paraguay se unen a las montoneras mediterráneas. Palpitan la guerra como un asunto de Buenos Aires, no de la Patria. Varela presenta en 1868 el Manifiesto, basados en las lecturas de Juan Alberdi y sentencia: “ser porteño es ser ciudadano exclusivista, y ser provinciano es ser mendigo de la Patria, sin libertad ni derechos”. Si Horacio Rodríguez Larreta juega a ser el Mitre más Julio Roca de estos tiempos… ¿qué versión 2020 es Alberto Fernández?..¿las penas de Varela?, ¿ Avellaneda y sus dos pistolones en la cintura ante la amenaza porteña?; ¿es Alberdi combatiendo al poder comunicacional del mistrismo y el diario La Nación?
El pendular entre el pasado y el presente es una interpretación compleja. La simple, surge de los textos de Mitre y de Domingo Sarmiento, de la generación del 80 y los manuales de Buenos Aires. La historiografía revisionista traza otra visión, el relato de los vencidos. Miguel Navarro Viola, Carlos Guido Spano, Olegario Andrade, adoptaron la línea de Juan Alberdi y, escribieron contra Buenos Aires y contra la guerra del Paraguay. Dijo Guido Spano: “La batalla de Pavón implicó la ruina y el desquicio para las provincias y la riqueza y el poder para Buenos Aires”.
El poder comunicacional favorece la sociedad de consumo capitalista. El gran objetivo de los medios es crear terror social, defender sus intereses, intensificar los Sujetos/Otros para ser pensados. El monopolio mediático es la mayor negación de la democracia. Los medios justifican invadir países con la excusa de brindar protección. El diario La Nación sostiene día a día un relato, defiende estatuas y nomenclaturas. Su base operacional es la ciudad capital de Buenos Aires. La “civilización”. El resto del país, es la “barbarie”. En el año belgraniano, de tiempos pandémicos y de aislamiento, recurrir a la historia reciente pude ser un bálsamo y un imperioso trabajo ciudadano, para comprender este presente.
(*) Co-conductor de De Acá Para Allá (sábados de 12 a 13hs)











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