La Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA) sancionó al Manchester City por la inyección ilegal de dinero para compra de jugadores y pago de sueldos. La pena es altísima: dos años sin disputar copas europeas y una multa de 30 millones de euros. Esta medida no solo deja abierta la puerta para futuras sanciones: expone la brutal lógica de mercado impuesta por la Federación Inglesa de Fútbol.
Por Nicolás Podroznik (*)
Desde hace décadas que el fútbol no es sólo un deporte o un trabajo. Ley Bosman mediante, la actividad mutó hacia el entretenimiento y el espectàculo, como quien va al cine o el teatro. Acompañado por el avance tecnológico, vital para que las estrellas globales sean vistas en todos los lugares del mundo. Para sostener esta industria se han cambiado leyes. Cuando David Beckham firmó con Real Madrid surgió la Ley Beckham. La misma permitía la disminución de hasta un 45% de los impuestos a pagar y dio pie para que las Sociedades Anónimas Deportivas Españolas contrataran grandes figuras como el inglés.
Sin embargo, nada de esto sería una realidad sin la aparición de aportes privados. Esto cambió la lógica de club en Europa. Los ingleses – con la aparición de la Premier League – y los españoles fueron los primeros que se convirtieron en Sociedades Anónimas Deportivas. A medida que avanzó el negocio, la brecha entre los poderosos y el resto se acentuó pronunciadamente. En cada una de las ligas importantes de Europa, desde hace años que los campeones son los de siempre.
Ante esta nueva configuración del fútbol, con lógica enfocada hacia showtime en detrimento de la competencia, el movimiento de capitales creció al punto de convertir a FIFA en la multinacional que más dinero mueve en el mundo. Dinero y negocios. Hay actores que no fallan. Uno de ellos es el mundo árabe, con los jeques dueños de insondables cantidades de petrodólares.
Manchester City fue uno de los primeros en ser comprado por un grupo inversor perteneciente a capitales árabes. A la sombra del United -su vecino multicampeón- y tras varios años peleando los puestos de descenso, en 2008 fue adquirido por un grupo inversor de los Emiratos Arabes Unidos cuyo dueño es Mansour bin Zayed bin Sultan Al Nahyan, perteneciente a la familia gobernante de Abu Dhabi y del propio país árabe. La primera temporada adquirió a golpe de chequera a jugadores como Robinho, pero con una sola figura no bastaba. Con el paso de los años, fue gastando más y más dinero, comprando estrellas como Tevez, David Silva o Yayá Touré. No fue hasta 2012 donde logró ganar la Premier League con el Kun Agüero como figura en su primer año en Inglaterra. Sólo en fichajes el jeque bin Zayed había gastado 600 millones de euros en cuatro años. Se había logrado el objetivo. ¿Ser campeón? No: establecer al Manchester City como una marca internacional capaz de generar una montaña de plata solo equiparable con la ya invertida.
El aporte emiratí se expandió a otros clubes que vieron en el Manchester City un modelo a seguir. El Paris Saint Germain siguió el mismo camino y comenzó a comprar figuras sin estimar costos. Sin embargo, la UEFA puso rápidamente un coto al aporte económico descontrolado por parte de los jeques árabes y estableció un código de Fair Play financiero con reglas muy claras: no se puede gastar más de lo que se obtuvo por ganancias y no se puede adeudar dinero a ningún empleado del club a fin de temporada.
Esta directiva -instalada justamente en 2012 tras la obtención de la Premier por parte del City- se vio acentuada con la asunción de Aleksander Ceferin como Presidente de la UEFA tras el tremendo escándalo de corrupción en el que su antecesor Michel Platini se había visto envuelto. Desde su llegada al máximo cargo, Ceferin ha tenido un objetivo muy claro: reducir la brecha entre los grandes equipos y el resto, sea a nivel selecciones o clubes. El esloveno ha visualizado una problemática que, en vista de los negocios generados, no parece importar pero que se ha ido acentuando: la monotonía y la falta de sorpresa en el fútbol europeo. Si bien en las cinco grandes ligas europeas los campeones (o los que pelean los primeros puestos) son siempre los mismos, en Inglaterra es donde se ve la mayor diferencia entre ese grupo y el resto. Por dar un ejemplo: de las últimas cinco temporadas, el grupo denominado Big Six (Liverpool, Tottenham, los dos Manchester, Chelsea y Arsenal) monopolizó los primeros seis puestos. Esa monotonía se vio amenazada con el título de Leicester en la temporada 15/16. Aquella obtención fue la que detonó la disparidad de opiniones entre la Federación Inglesa y la UEFA.
Aquel Leicester, sin figuras de renombre, dio el batacazo al llevarse el título. Había ascendido dos años antes tras diez años sin participar en la máxima categoría del fútbol inglés. Con un entrenador meticuloso como Claudio Ranieri, los Foxes lograron lo impensado. Se había impuesto un equipo chico con presupuesto limitado ante los gigantes multimillonarios. La frase que resonó en los pasillos de cada uno de los clubes del Big Six fue la misma: “no podemos permitirnos otro Leicester”. La razón era muy clara: una liga más pareja sería un escollo para sus negocios.
Si bien las vigentes reglamentaciones en Europa permiten la participación de capital privado a todos los clubes, la verdadera diferencia se hace con el ingreso a Champions League, algo que -como vimos- parece reservado a los equipos más poderosos. Los ingresos anuales por televisación de la máxima competición europea a nivel clubes pueden llegar a ser hasta 12 veces más grande que los de la televisación inglesa. Esta es la clara muestra que los ingresos extradeportivos son los que hacen la gran diferencia.
Ahora bien: da la sensación que la Federación Inglesa no se mete en estos asuntos. ¿Por qué? Porque el poderío que maneja el Big Six está por encima de ellos y porque, además, sancionarlos atentaría contra la lógica de negocios que ellos mismos instalaron. Hoy por hoy el Manchester City no es solo un club, es una máquina de generar dinero. Lo mismo corre para otros clubes de máxima elite. Sin embargo, la UEFA -que entiende muy bien eso de negocios son negocios- sabe que si permite este espiral descontrolado de ingreso de capitales privados, tarde o temprano van a matar a la verdadera gallina de los huevos de oro: el fútbol base.
Aun así, queda una duda en el aire: ¿No será que la UEFA no quiere competidores y, ante las amenazas de una Superliga europea por parte de estos clubes, intenta ser el único dueño del circo? Porque si hablamos del negocio del espectáculo, sin duda el fútbol es uno. Como lo es el cine. Y hoy por hoy, los dueños de los mejores actores son clubes como el Manchester City, PSG, Barcelona o Real Madrid. Y los grandes actores sólo actúan en grandes teatros, ante un gran público exigente.
(*) Periodista. Abrí la Cancha.













Discusión acerca de esta noticia