Por Ximena Rattoni
Hoy la humanidad tiene capacidades que ninguna generación anterior tuvo. Podemos comunicarnos instantáneamente con alguien que está al otro lado del planeta. Podemos intervenir sobre procesos biológicos, procesar cantidades inmensas de información, automatizar decisiones, modificar nuestro entorno a una escala extraordinaria. La inteligencia artificial abre posibilidades que todavía ni siquiera alcanzamos a imaginar.
Y, sin embargo, una pregunta insiste.
La humanidad tiene más poder que nunca. ¿Pero somos más humanos?
La pregunta no es mía solamente. Es, de algún modo, la pregunta que atraviesa tres textos escritos por dos papas diferentes, pero que parecen conversar entre sí: Laudato si’ y Fratelli tutti, de Francisco; y ahora Magnifica Humanitas, de León XIV.
Quizás por eso resulte interesante volver sobre ellos justamente ahora, cuando la figura de León XIV empieza a adquirir una particular cercanía para nosotros, en un momento en que esperamos su plena recuperación y pronta visita a la Argentina. Más que buscar en sus palabras respuestas para nuestras disputas inmediatas, podríamos aprovechar la ocasión para escuchar las preguntas que estos textos nos devuelven.
Porque hay algo que se pone en juego en estas reflexiones: no alcanza con preguntarnos qué somos capaces de hacer. Tenemos que preguntarnos qué clase de humanidad estamos construyendo con aquello que somos capaces de hacer.
León XIV formula esa cuestión de una manera muy directa. Al comenzar Magnifica Humanitas, plantea que la humanidad se encuentra ante una elección: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad puedan habitar juntos. Y cuando desarrolla esas dos imágenes, no está hablando de dos edificios antiguos. Está hablando de dos maneras de construir nuestro presente, de dos miradas a nuestro interior y nuestra sociedad, de dos paradigmas de vida y civilización.

Babel es una construcción formidable, con una lengua común, una dirección única, una voluntad concentrada, una ambición enorme. Pero precisamente allí aparece el problema: la obra común termina convertida en un proyecto de dominio. La uniformidad se confunde con unidad. La eficacia puede terminar sacrificando la dignidad. Y aquello que pretendía producir estabilidad termina produciendo dispersión.
Frente a esa imagen aparece Nehemías. No hay allí una torre que pretende llegar al cielo. Hay una ciudad en ruinas. Y quizás esa diferencia sea mucho más profunda de lo que parece. Babel construye desde la ambición de alcanzar algo cada vez más alto. Nehemías comienza mirando aquello que está roto.
Antes de construir, mira. Antes de ordenar, escucha. Antes de imponer una solución, reconoce las ruinas. Y después convoca a otros y cada uno asume una parte de la reconstrucción. No hay una única voluntad que concentra toda la obra. Hay muchas personas reconstruyendo una ciudad común.
León XIV dice que las ruinas de Jerusalén se reconstruyen “pieza por pieza”, mediante una responsabilidad compartida.
Once años antes de Magnifica Humanitas, desde Laudato si’ ya se había advertido que el problema de nuestro tiempo no era simplemente la existencia de la tecnología, sino algo mucho más profundo: la posibilidad de que la tecnología se convierta en una forma de mirar toda la realidad.
Francisco no demoniza la técnica. Al contrario: reconoce en ella una expresión de la creatividad humana y valora sus enormes aportes. El problema aparece cuando dejamos de utilizar la técnica y comenzamos, casi sin advertirlo, a mirar el mundo entero según su lógica. Cuando todo empieza a medirse por lo que puede producir, acelerar, optimizar o rentabilizar.
Entonces la tecnología deja de ser solamente una herramienta. Se convierte en paradigma. Y allí aparece una de las preguntas más incómodas de Laudato si’: ¿Qué sucede cuando una determinada manera de pensar termina condicionando no solamente nuestras máquinas, sino también nuestras decisiones, nuestra economía, nuestra política, nuestros vínculos y hasta nuestra idea de progreso?

Francisco lo dice sin eufemismos: el avance de la ciencia y de la técnica no equivale necesariamente al avance de la humanidad. Y eso también lo profundiza León XIV al preguntarse para quién y para qué está al servicio la inteligencia artificial.
Se puede avanzar técnicamente mientras retrocedemos humanamente. Podemos tener mejores herramientas y peores vínculos. Podemos tener más información y menos comprensión. Podemos comunicarnos con muchos y, al mismo tiempo, escuchar cada vez menos voces. Podemos aumentar nuestra capacidad de decidir y reducir nuestra capacidad de hacernos responsables de aquello que decidimos.
Para Francisco la crisis ecológica nunca fue solamente una cuestión ambiental. Si todo está concatenado, entonces la manera en que tratamos a la tierra tiene que ver con la manera en que tratamos a las personas. La explotación de la naturaleza y el descarte de seres humanos no son dos problemas independientes porque “hay una sola y compleja crisis socio ambiental” (2015).
Fratelli Tutti llama la atención sobre algo todavía más profundo: una sociedad puede llegar a valorar a las personas según su utilidad. Allí donde alguien “sirve”, tiene un lugar. Cuando deja de servir, puede ser descartado. Francisco llama a esto cultura del descarte, y el avance tecnológico per se no lo resuelve y hasta puede profundizarlo.
En Magnifica Humanitas, León XIV habla de inteligencia artificial. Pero, en el fondo, su preocupación no es solamente tecnológica. Es antropológica.
¿Qué sucede cuando sistemas automatizados empiezan a intervenir sobre cuestiones que afectan el trabajo, el acceso al crédito, las oportunidades, la reputación o la libertad de las personas? El problema no es únicamente que una máquina pueda equivocarse. Es que podamos llegar a entregar a un sistema la capacidad de decidir quién merece una oportunidad y quién no, sin que nadie quiera asumir verdaderamente el peso de esa decisión. Por eso León XIV insiste en que la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, debe guiar la innovación técnica y establecer responsablemente sus límites. Y advierte que una decisión automatizada puede producir nuevas formas de descarte, precisamente porque carece de aquello que hace humana a la persona: experiencia, conciencia, compasión, responsabilidad, capacidad de cambiar.
Es difícil no escuchar allí un eco de Fratelli tutti. Porque el hombre herido al borde del camino también era, en cierto sentido, alguien que había dejado de cumplir una función en la sociedad de la eficiencia. Los que pasaban y no lo miraban tenían cosas “más importantes” que hacer. El herido era una interrupción.

Y el problema, dice Francisco al recuperar la parábola del buen samaritano, es que podemos organizar toda nuestra vida alrededor de nuestras funciones y terminar perdiendo la capacidad de detenernos frente al sufrimiento.
El samaritano hace algo extraordinariamente sencillo y difícil a la vez: se detiene. No pregunta primero quién tiene la culpa. No calcula si le conviene intervenir. No necesita saber si el herido pertenece a su grupo. Lo ve, simplemente lo ve. Y ese gesto cambia la pregunta. Ya no se trata de determinar quién es mi prójimo. Se trata de decidir si estoy dispuesto a volverme prójimo de alguien.
Laudato si’ nos dice que todo está conectado.
Fratelli tutti nos pregunta qué hacemos con esa conexión cuando encontramos al otro.
Y Magnifica Humanitas nos obliga a preguntarnos qué ocurre cuando ponemos un poder tecnológico cada vez mayor dentro de una sociedad que todavía no resolvió qué entiende por dignidad, justicia y bien común.
No son tres preocupaciones diferentes. Son tres puertas hacia una misma habitación.

¿Qué clase de humanidad estamos construyendo?
Y la respuesta no puede ser simplemente tecnológica; tampoco económica y ni siquiera política. Es, antes que nada, civilizatoria.
Porque podemos discutir durante horas sobre inteligencia artificial, crecimiento, productividad, competitividad o innovación. Pero tarde o temprano tenemos que llegar a una pregunta mucho más elemental: ¿Para qué? y aún más ¿Para quién?
La tecnología no es neutral, alerta León XIV. Y la diferencia entre construir una torre y reconstruir una ciudad es la que marca qué civilización estamos permitiendo o qué civilización queremos construir: La torre puede ser impresionante pero la ciudad tiene que ser habitable.
Y una civilización no se mide solamente por la altura de sus edificios, la velocidad de sus comunicaciones o la sofisticación de sus máquinas. También se mide por la cantidad de personas que pueden vivir dignamente dentro de ella.
Por eso resulta tan importante que Fratelli tutti no imagine la unidad como uniformidad. Francisco propone la imagen del poliedro: una sociedad capaz de mantener sus diferencias sin convertirlas necesariamente en fragmentación. Una unidad que no aplasta la diversidad, sino que encuentra una manera de hacerla convivir.
Y otra vez aparece Nehemías. No todos reconstruyen de la misma manera ni ocupan el mismo lugar, pero hay algo que los reúne: saben que hay una ciudad que reconstruir.
Quizás esta sea una de las cuestiones más urgentes de nuestro tiempo.
En Laudato si’ Francisco lo había advertido desde otro lugar: la crisis ambiental revela también una crisis de nuestra manera de comprender el desarrollo. No alcanza con resolver técnicamente cada problema si seguimos sosteniendo la lógica que los produce. No alcanza con agregar una solución tecnológica a una estructura que continúa preguntando únicamente por la rentabilidad y concentrándola. No alcanza con crecer si aquello que llamamos crecimiento deja un mundo peor y una vida humana más pobre.

Si hacemos “conversar” a Francisco y León lo que nos dejan es una profunda interpelación para nuestro presente: No están diciendo que volvamos atrás ni tampoco nos proponen abandonar la ciencia. No dicen que la tecnología por sí misma es mala. Lo que nos dicen es algo incluso más difícil: que no podemos permitir que nuestras herramientas terminen decidiendo qué clase de seres humanos queremos ser.
Y ciertamente en una gran medida la respuesta a ese dilema civilizatorio hoy depende de quienes gobiernan las grandes empresas tecnológicas, de los Estados o de quienes concentran las decisiones.
Cuatro pilares para la revolución digital
Custodiar lo humano implica someter una herramienta creativa al bien común, aliviar el sufrimiento sin suplantar el dolor. Un desarrollo humano integral, aún en tiempos de inteligencia artificial, requiere compasión, sabiduría y comunión plena.
El apego a la búsqueda del bien común, nos exige desenmascarar las asimetrías de poder. Los datos y algoritmos no deben crear monopolios, sino servir al desarrollo de todos.
Reconocer el destino universal de los bienes: patentes, plataformas e infraestructura de IA son “nuevas formas de propiedad” que requieren acceso equitativo y global.
Subsidiariedad, para evitar que el poder tecnológico global absorba la toma de decisiones locales. Siempre proteger la propia capacidad de decidir y corregir.
Solidaridad y Justicia, para reconocer el trabajo invisible que entrena a la IA y para evaluar si el sistema deja atrás a los más vulnerables o los integra.
La IA no es moralmente neutra, está orientada con las prioridades de quienes las diseñan. Por eso requiere trazabilidad, la responsabilidad de las consecuencias no es de una máquina y las decisiones delegadas a la IA deben poder auditarse y cuestionarse.
León XIV ubica tres frentes en la transformación digital para custodiar lo humano. Primero habla de una ecología de la comunicación donde la verdad sea entendida como un bien común y se disminuyan los riesgos de manipulación algorítmica y deepfakes que horadan la democracia. Luego, la reivindicación del trabajo como fuente de dignidad y desarrollo personal, confrontando con el desempleo algorítmico y la precariedad. Y tercero, custodiar la libertad frente a las nuevas esclavitudes generadas por la mercantilización de la atención, el control social biométrico y el colonialismo de datos que extrae información del sur global.
Especial atención pone la encíclica Magnifica Humanitas a dejar planteadas algunas propuestas concretas frente a esos riesgos, como ser: la protección de los menores estableciendo límites a la explotación comercial y el diseño adictivo de las plataformas y el ciberbulling; la revisión humana obligatoria cuando decisiones automatizadas estén vinculadas con el crédito, la salud, o el acceso a otros derechos; regulación de plataformas financieras y préstamos digitales, protección de datos personales y mecanismos de supervisión democrática y regulación estricta sobre datos y algoritmos, entre otras. Asimismo, propone la creación de nuevas métricas superando la lógica del PBI y generando otras métricas de desarrollo que incluyan la dignidad del trabajo y la protección ambiental; una transición proactiva con políticas que garanticen que la innovación libere tiempo y no que genere exclusión.
Babel también puede estar dentro de cada uno
Finalizando esta nota introductoria, es bueno también incomodarnos como seres humanos únicos y responsables, mirarnos y preguntarnos con sinceridad si acaso confundimos información con conocimiento, o si preferimos tener razón antes que comprender, o si perdimos la empatía por el sufrimiento del otro y pensamos que “si no supo adaptarse problema de él”. Si la eficiencia que nos imponen se vuelve más importante que la dignidad y lo aceptamos dócilmente, estaremos permitiendo que se erija otra Babel.
Y Nehemías tampoco es solamente una figura del pasado. Está en cada intento de reconstruir algo que parecía perdido: en cada decisión de volver a escuchar; en cada comunidad que se organiza; en cada persona que se detiene ante otra; en cada política que pone la fragilidad en el centro; en cada tecnología que se utiliza para ampliar derechos en lugar de concentrar poder.
Magnifica Humanitas no llega a un mundo que todavía está decidiendo si quiere utilizar inteligencia artificial. Esa decisión ya empezó a suceder. La pregunta es qué lugar ocupará la persona humana dentro de ese mundo.
Tal vez ese sea el verdadero dilema entre Babel y Nehemías. No es pasado o futuro. No es religión o secularidad. No es tecnología o naturaleza. No es progreso o atraso. El dilema es entre dos maneras de entender el poder: una busca dominar la realidad, la otra intenta habitarla.
No se trata aceptar que el futuro simplemente nos suceda, sino, decidir juntos qué clase de humanidad queremos que llegue hasta él.
*Miembro de La Alameda y militante sindical
Fuentes:
Francisco. Laudato Si (Carta encíclica) 2015
Francisco. Fratelli Tutti (Carta encíclica) 2020
León XIV. Magnifica Humanitas (Carta encíclica) 2026











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