Por Nehuén Gusmerotti*
Tras varios años de inactividad y un mito cada vez más grande, Los Natas vuelven reconvertidos. Natas, esta nueva era del trío, viene con algún cambio significativo, la salida de Sergio Ch que no quiso ser parte de este proyecto, y el ingreso de Nico Bereciartúa, actual guitarrista de The Black Crowes y un as de la guitarra argentina.
La nueva etapa tiene fecha de show en vivo, 13 de noviembre en el C Art Media. Pero la cosa no terminaría ahí. Walter Broide, baterista fundador y motor de este regreso, ya piensa en el horizonte y en trío junto a otro pilar del grupo, Gonzalo “El Crudo” Villagra. Sobre el presente, pasado y futuro del grupo charlamos con Walter Broide en Radio Gráfica:
¿Cuál es el kilómetro cero de este show del 13, de este rearmar esta nueva etapa de la banda? ¿En qué momento nace esa idea o esa posibilidad de concreción?
Walter Broide: Es un poco atemporal, porque en el espíritu siempre estuvieron esas ganas de volver, indistintamente de las diferencias que teníamos entre nosotros. Como a veces digo, empezamos siendo jóvenes, muy chicos, con una banda de chicos; terminamos siendo grandes y uno obviamente crece, toma partido, elige una manera de ser, de pensar, de obrar y actuar, y vas matcheando más o menos con distintas personas. Tiene cierta lógica que no todas las relaciones sobrevivan o se mantengan de la misma forma, sobre todo si te involucrás trabajando o haciendo cosas tan emocionales como las que hacíamos nosotros, que nos atravesaban por completo la vida.
Entonces siempre estuvo abierto a eso. De hecho, luché un montón para poder volver de una forma cómoda, como estábamos antes, tratando de salvar las diferencias. Hice un esfuerzo grande en lo personal y no se dio. Desde el «no se da, no se da, no se da», pasó un tiempo extremadamente largo. Yo decidí —porque lo sentí, porque puedo y porque quiero— debatirlo con Gonzalo Villagra, que fue el último bajista los últimos 12 años. Realmente teníamos muchas ganas de hacerlo y como entre los dos intentamos y no pudimos, dijimos: «Bueno, vamos a hacerlo de todas formas».
Sentí a través de esto un empoderamiento personal y decir: «Bueno, estoy vivo, tengo mucho para dar, soy ese motor que vos decís, lo tengo muy bien cuidado, protegido y mimado. Esta es mi historia, es mi banda, yo soy eso y voy a tocar mi música con algo distinto: un guitarrista diferente, pero con el mismo espíritu, las mismas ganas, el mismo compromiso y el mismo respeto». Así que estoy muy contento y emocionado, la verdad.
El guitarrista que viene a sumarse al sonido de Los Natas es Nico Bereciartúa, el hijo de Vitico, que ha sido parte de Riff, actual parte de The Black Crowes, elogiado por Jimmy Page, un gran guitarrista. Quería preguntarte qué sentís que le puede aportar, modificar o en qué cambiaría el sonido de lo que conocemos como Los Natas con la guitarra de Sergio. ¿Qué cambios o qué cosas creés que la guitarra de Nico tiene distintas y se van a ver en el show del 13?
WB: Creo que cada uno va a tener una sensación distinta, no hay una realidad única. Creo que Nico tiene un sonido más luminoso, un poco más entero de alguna forma, y tiene otras posibilidades como guitarrista. Está reinterpretando la música desde un lugar bastante personal y muy plantado. Él no quiere emular, quiere vivirlo y disfrutarlo, y se nota desde el momento cero; obviamente respetando todo lo que el sonido de Natas significa, que es un montón y es pilar del proyecto.
Nos imaginamos agarrar ese sonido como lo teníamos y explotarlo de la misma forma. De hecho, lo que estamos haciendo en este retorno —porque antes tampoco nos podíamos poner de acuerdo— es tocar los temas en su afinación original, por ejemplo. Fueron compuestos desde esa gravedad y es un sonido que quizás te suena de la rodilla para abajo, pero tiene un sentido; todo lo que viene atrás de cómo apretás, hasta dónde estirás los sonidos, tiene que ver con la afinación. Nos propusimos reinterpretar con lo que somos ahora: gente más grande, con más experiencia y otras vivencias que enriquecen lo que hacés. Volvés al sonido a aportarle un sutil matiz personal a lo que es ahora. Realmente no creo que estemos perdiendo nada, creo que estamos sumando cada uno desde su lugar. No es ir a visitar lo que fue, sino que estamos yendo a algo más.

En una época en la cual la nostalgia es casi una cuestión patológica, ustedes plantean que esto no es una vuelta en términos de la vieja banda, sino un paso para adelante, otra cosa. ¿Cómo hacés coexistir toda esa leyenda y ese pasado sin caer en lo nostálgico?
WB: Una particularidad mía es que nunca me enganché en lo que fue Los Natas; sinceramente no me movía la aguja. A mí me gustaba la experiencia viva del momento y tocar la batería. Si estaba tan emocionado con la banda o qué pasaba con ella era algo que tenía en segundo plano; no es que no me interese, pero no es lo que me motiva. No vivo esa nostalgia y no se siente en el sonido, no voy para allá. Al contrario, viajo para atrás, me traigo un montón de sensaciones copadísimas de eso que fue y que ahora es distinto, pero me recorre por las venas.
Por eso, cuando conversábamos con Gonza sobre de qué manera comunicar esto sin ser agresivos, de una manera dulce, correcta y concreta, nos salieron esas palabras que representan fielmente lo que nos pasa. Esto está vivo, lo vas a poder ir a ver y escuchar, y nosotros estamos ahí para compartir. Eso es Natas.
¿Cómo fueron esos primeros ensayos en los cuales se volvieron a encontrar en una sala? Están las charlas previas, pero hay un día en que contás tres y arrancás a ensayar. ¿Cómo fue eso?
WB: Teníamos una ventaja: Nico ya había tocado con nosotros. A él siempre le gustó la banda y una vez vino a tocar hace muchos años; creo que tocamos El corsario Negro con él, y enganchamos al toque. Cuando se arma esa situación sonora donde no tenés que mirarte ni conversar demasiado, decís: «Bueno, esto funciona».
Yo me había quedado con esa sensación. Después me lo volví a encontrar, lo invité a grabar y, sobre todo, además de ser un re buen violero, es una excelente persona, humilde, relajadísimo, muy inteligente y capaz, que viene con ideas y experiencia. Sabía que iba a funcionar porque ya había funcionado. Nos juntamos en la sala, fue enchufar, escuchar un poquitito, agarrar un paquete de temas y tocarlos. Al segundo o tercer ensayo ya lo veía con los ojos cerrados encontrando la emoción de los temas y dije: «Listo, ahora ya estoy tranquilo».
¿Tuvieron tiempo para pensar en qué público los va a ir a ver en esta fecha? ¿Si se va a sumar gente nueva, si los hijos de los fans van a estar ahí? El público cambió, la sociedad cambió. ¿Han tenido tiempo de reflexionar sobre esa idea o simplemente tienen la cabeza en tocar?
WB: Sí pasa por mi cabeza y me interesa el crossover generacional, me parece clave. Está en la vena del artista poder conversar con distintos actores en distintos tiempos de la vida y que puedan entender lo que querés comunicar.
Conozco gente muy jovencita que escucha Natas y está reenganchada, gente de nuestra edad que va a venir con sus hijos o sola, gente de todas las edades, géneros y estilos, lo que me da una gran alegría. Por otro lado, escucho los temas y me parecen intemporales; hay un abanico bastante grande de sonidos. Hay mucho amor, mucha furia, mucho ánimo de destrucción para volver a armar. Creo que cada uno puede encontrarse con lo que está buscando. Yo estuve enganchado con diferentes sonidos de Natas a lo largo de mi vida y ahora estoy más enganchado con lo emocional, con la canción y los temas viejos. Me trae mucha emoción tocarlos, revisitarlos y ponerles el color nuevo.

¿Con qué se encontraron cuando volvieron a esos temas de los 90, de la primera época de Natas? Después de la separación seguiste tocando muchos años con Poseidótica, Álvaro tiene su carrera… Al recuperar eso que tocaban hace 30 años, ¿hubo algo que los haya sorprendido?
WB: Es re loco, porque todas esas cosas que tenés guardadas a nivel emocional o que has tocado tantos años quedan en el inconsciente a un metro de la conciencia; solo hay que raspar un poco para sacarlas. Salió todo como si abriéramos la caja de Pandora. Empezamos diciendo: «Bueno, agarremos 10 temas» y de repente estábamos tocando 22. Gonza agarraba y se ponía a tocar uno: «Uy, boludo, este sale al toque, sumémoslo». Se fueron dando solos los temas y es completamente emocional.
Al haber dejado huella —algo que te atraviesa físicamente en el cerebro—, cuando lo volvés a llamar, vuelve a aparecer, tamizado por las experiencias de ahora. Cada vez que voy a ensayar siento una emoción adolescente, una energía medio desbordada que ahora estoy controlando, porque al principio iban todos los temas superrápido. Me daba cuenta de que las canciones tenían que respirar, necesitan su tiempo y su cambio de velocidad. Pero está estrictamente ligado a tu estado emocional; si no hay emoción, no hay nada. Todas fueron compuestas y tocadas desde mucha necesidad espiritual de crecimiento, angustias, furia, gloria… Por eso no puedo distanciar la música de las emociones.
Mencionás que no le das mucha bola a la leyenda de la banda, aunque para los que estamos del otro lado sí lo es. Los Natas son una leyenda de la música pesada argentina porque empezaron a hacer un estilo de música cuando acá muy pocos o nadie lo había hecho. Hoy tenemos una escena stoner o psicodélica más amplia, pero en ese entonces eran ustedes. ¿Cómo fueron los primeros años para hacerle llegar esa música a la gente?
WB: Dificilísimos, porque ni nosotros entendíamos bien qué estábamos haciendo. Había referencias como Kyuss, Melvins o Sleep, pero acá no llegaba prácticamente nada. Nos costó muchísimo porque éramos muy heavy para los alternativos y muy blandos para los heavy metal; no teníamos casa y siempre tocábamos de prestado, con bandas de reggae, festivales de metal o alternativos, pero no la pegábamos.
Después vino el llamado de Frank Kozik del sello Man’s Ruin Records de San Francisco, que estaba editando todo este nuevo movimiento stoner. Nos edita el primer disco y encontramos nuestro lugar en el mundo. Cuando volvimos con todo el entusiasmo armamos la Fiesta Stoner, un lugar con espíritu más libre y de comunidad donde se podía compartir y estaba todo bien. Empezamos de a poco a armar nuestra historia por empuje, pero fue muy costoso.
¿Hay ganas o intención de hacer música nueva?
WB: Sí, se está dando solito. Para nosotros es muy natural enchufar y empezar a tocar; siempre sale una zapada para ir calentando y conectamos bien, aparecen cosas muy lindas. Ahora tenemos que cuadrar con los presentes de todos, pero seguramente cuando terminemos este primer gran compromiso y empecemos a planear lo que sigue, nos vamos a enfocar en hacer música nueva y rápidamente grabarla. No veo nada que diga que no.
Es ineludible la pregunta: cuando tras mucho tiempo de intentarlo deciden junto a Gonzalo avanzar y volver a tocar, ¿cómo fue el tramo en el que la pregunta fue «Sergio no es parte de este nuevo momento»? Ese quiebre de decir «ya no lo intentamos más los tres, estas son nuestras canciones y vamos a tocarlas». ¿Hubo una última charla, una puerta abierta?
WB: Te contaría todo, pero por un tema de respeto —ya que Sergio no está acá presente— no puedo hablar de cosas que completarían el cuadro, así que te lo resumo sutilmente. Como decía al principio, somos personas diferentes, con caminos y maneras diferentes, y realmente no matcheamos. La realidad es que él no quería, no estaba de acuerdo, no era nunca el buen momento, no quería de una forma ni de otra.
Nosotros sí queríamos y nos mantuvimos activos juntos. Con Gonzalo somos amigos, compartiendo en las buenas y en las malas. En el interín hicimos un grupo llamado Audión para mantener nuestra base viva y nuestro lazo afectivo junto con D.C. Peche; hicimos un disco, algo muy chiquitito y amoroso por y para nosotros. A mí me encanta tocar con Gonzalo, enchufo y me siento cómodo, lo quiero mucho y me encanta cómo toca. Para mí era un gran placer seguir tocando con Gonza y recuperar nuestra banda para disfrutar la música. El eje viene por el disfrute personal, por estrujar el corazón y tocar.
A nivel personal, ¿temiste en algún momento que no llegara el momento de decir «salgamos a tocar nuestras canciones»?
WB: Sí, yo estuve muy enojado con Los Natas por todas las cosas que sucedieron. Cuando la banda se separa ni me entero, me entero por un comunicado. Pongo mi versión de las cosas y me la borran. Hasta el día de hoy no tengo acceso al mundo comunicativo de Los Natas, estuve baneado por decirlo así y no tenía manera de articular. Lo entregué y dije: «Si no está la música, ya estoy grande, me mantuve tocando, trabajo y tengo una vida que continuar». Me quedó estrujado el corazón, pero hoy soy gran parte de donde vengo, e incluso la impronta que puse en Poseidótica es la de Natas.
Estuve enojado por cómo fueron las cosas y por no poder expresarme, pero grande dije: «Me retiro con estilo» y lo dejé ser. Después empecé a viajar mucho por el interior del país y me di cuenta de lo querido que era Natas y lo importante que fue para un montón de chicos. Se me empezó a aflojar el pecho, escuché las canciones de nuevo, lloré un montón y volví a dejar abierta la puerta. Empecé un trabajo espirituoso de tratar de conectar con Sergio para reencontrar una manera nueva, pero no hay que ser hipócritas: no se pudo y es lo que es.

Dijiste que mucho del sonido de Natas salió de cosas negativas, pero hoy estás más grande. ¿Cómo conectás a esta altura de la vida con esa emotividad de sentimientos o emociones negativas de las que nacieron los temas?
WB: Conecto al 100% con la misma emoción, pero tamizada por la experiencia de la vida. Es como un filtro de agua: tirás, se va pasando toda la cara fea y sale el agua limpia. Atravieso las emociones como fueron en su momento, pero después me tomo el trago de ese filtro y me siento limpio, dejando el agua lista para volverla a ensuciar ahora.
La rabia la encontrás. Vivimos rodeados de violencia, en un momento de nuestro país muy complicado que no nos es indistinto; es una situación caótica, de mucha furia y necesidad. Toda esa caca y ese desacuerdo están en el sonido de ahora. Pasó cuando grabamos El corsario negro: veníamos de Ciudad de Brahman, donde yo estaba meditando y reconstruyéndome, y cuando aparece El corsario negro estábamos atravesados por la crisis del 2001. Yo literalmente no tenía plata para tomarme el colectivo e ir al estudio. Ahora estamos viviendo otro infierno, no solo por la situación económica, sino porque la sociedad se volvió un infierno. Hay una reinterpretación de toda esa ansiedad y locura; como estamos vivos y tratamos de ser transparentes con la música, yo siento la furia y la dejo salir. Va con la pesca del día: si estoy recaliente sale recaliente, si estoy nervioso sale nervioso, y me parece sincero tocarlo según cómo te sentís.
En relación a esa cosa tan humana que acabás de plantear: en los últimos años ha empezado a cooptar un montón de frentes, incluso dentro de la música, el uso de la inteligencia artificial, ya sea para grabar, pulir o hacer tapas de discos. ¿Cómo te llevás con eso? ¿Cómo lo ves? Y a partir de ahí, en general, ¿cómo ves la música, cómo la consumimos y cómo se labura hoy?
WB: Me pasó que me comí un par que eran inteligencia artificial, pero era música con un grado de emocionalidad casi nula. Me pasó la primera vez con bandas de stoner. Después ya le saqué la ficha, porque entre comillas es fácil para una inteligencia artificial agarrar un riff y meter una batería medio cuadrada. Pero si me decís que la inteligencia artificial te hace emocionar, bueno, aplaudo al algoritmo. A mí no me pasó; las veces que me crucé con algo así era música más genérica o un día escuchando medio un jazz persa. Cuando es perfecto, le sacás la ficha, sospechás.
La IA está avanzando de manera compleja. Yo la uso mucho para trabajar porque hago desarrollo de software y planes de cosas complejas; me sirve mucho como herramienta, pero nada que tenga que ver con las emociones o lo artístico me sirve, no sabría para qué usarla en este caso.
Y como oyente de música, ¿qué fue lo último que escuchaste que te copó, que te conmovió? ¿Algo viejo o algo nuevo?
WB: Un tema que me conmovió fue «The Maids of Cadiz» de Miles Davis, una versión hermosa con una orquestación fabulosa que te pone la piel de gallina. Después escucho de todo. Recién veníamos en el auto escuchando «Rebel Yell» de Billy Idol; me gusta mucho más la música de esa época. De chico escuchaba los casetes lentos de mi hermana, así que tengo bastante gancho con los temas de los 80, me sé todos los solos de viola en el aire. No escucho mucho stoner; sí soy muy fan y escuchador de Melvins, porque cada vez que los escucho me resulta maravilloso según el humor del día. Tienen un disco para cada estado de ánimo. Escucho de todo, no tengo filtro, me gusta desde el folclore hasta cualquier cosa.
Recién hablabas de cuando eras pibe. ¿Pensás en ese Walter de pibe y qué le dirías si supiera que iba a pasar todo esto? ¿En algún momento te imaginaste que ibas a pasar por esto? Más allá de no vivir de la música, has tenido dos proyectos enormes como Los Natas y Poseidótica. ¿Te imaginabas todo esto cuando eras chico, en el momento en que quisiste ser baterista?
WB: Nunca lo pensé en términos prácticos de «voy a conseguir esto», pero de chico, a los cinco, seis o siete años, escuchaba las bandas con el Walkman y me encantaba. Cuando tocaba el solo era el guitarrista, cuando tocaba la batería era el batero, o cantaba con un palo en la cama. Siempre fantaseé con tocar en una banda o hacer música. En esa época, cuando ibas a un casamiento o una fiesta, había banda en vivo; yo me quedaba hipnotizado mirando a los bateristas.
De muy jovencito, a los 21 años, me fui a España a conocer a parte de mi familia y ahí tomé la decisión: dije «yo quiero tocar». Se me ocurrió estudiar percusión orquestal y fui a averiguar a una escuela en Barcelona, pero me di cuenta de que si no tenés un papá con plata que te pueda bancar un estudio previo de tres años intensos, se me iba a hacer imposible. Me volví con la intención de empezar a tocar acá, conocí a un profe de jazz, Héctor Ruiz, y estudié con él. Después me anoté en un colegio de música, donde conocí a Sergio. Ahí empezamos a tocar y armamos la banda. No lo pensé mucho más, se vinieron las experiencias y tocamos un montón.

El 13 van a estar tocando en el Complejo Art Media. Me imagino que armar la lista de temas va a ser un quilombo. ¿Ya hay una idea?
WB: Sí, porque son los temas que se manifestaron solos. Algunos los pensamos porque son clasicazos para nosotros que queríamos tocar sí o sí, y otros se están manifestando. También le consultamos a Nico qué temas le emocionan a él y qué tiene ganas de tocar. Ahora lo esperamos a Nico; cuando venga vamos a afinar, pero hay un montón de temas. Estoy encantado con la lista, hay varios muy viejos que yo quería tocar, así que estoy contento. Igual, en sucesivos conciertos iremos tocando más, porque yo los quiero tocar todos.
¿Tenés algún sueño por cumplir con Natas en esta nueva etapa? Si tuvieras un cheque en blanco o un deseo del genio, ¿qué te gustaría hacer?
WB: No tengo una cosa así en particular. Hay un montón de pequeñas cosas más simples y realizables: quiero ser feliz, compartir con gente adorable, estar en lugares que me dejen algo en el sentido espiritual, conversar y que Natas me lleve a conocer gente copada, inteligente y amorosa. Quiero vivir buenas experiencias, crecer, dar y recibir en este intercambio. Lo que tengo es mi persona y la música que al otro le gusta. La música y las giras te dan esa conexión natural a través del sonido donde no importa el idioma ni dónde estés; viene alguien, te da un abrazo sentido y ya estás conectado por ese puente imaginario.
Una vez en Finlandia vino una chica española que trabajaba ahí y me dijo: «No tenía idea de la banda, pero vi que eras argentino y vine porque no aguantaba más, necesitaba escuchar a alguien de acá». Recibí mucho amor y conexión de mirada. Para mí eso es tarea cumplida, porque tratás con los sonidos de mostrar un montón de cosas humanas y a veces llega. Por eso tenés que estar afinado con la energía del lugar; cada vez es diferente y nunca se replica igual.
Hablabas del cariño, y algo que va a suceder en esta vuelta es el reencuentro con colegas. Para muchos de los músicos que hacen stoner hoy, ustedes son próceres. Volver a verlos va a generar un ida y vuelta muy lindo que forma parte de lo bueno de este regreso.
WB: Sin duda. Se trata de compartir un grupo humano de personas que tienen su música y una particularidad de cómo encaran las cosas. Creo que es el granito de arena que deja Natas en este mundo cruel: una manera de encarar la música con libertad, sin comerse la película ni subirse al pony por creer que te va bien. En realidad te va bien si te levantás feliz todos los días y hacés el bien. La vara está en el cariño genuino: si salís y ves que te quieren, te abrazan y comparten algo lindo, ya está. Yo no busco más que eso y tocar, porque a mí me gusta tocar, cerrar los ojos, conectar con los compas y compartir la experiencia.
Por lo pronto, el 13 de noviembre en el Art Media va a ser el primero de esta nueva etapa, pero no el último.
WB: Exacto. Esperamos que no sea el último. Estamos recibiendo muchos buenos augurios y lindas propuestas, así que veremos qué podemos hacer acomodando los presentes de cada uno. Ojalá tengamos para rato.

Las entradas para el regreso de Natas se pueden conseguir por sistema Passline y actualmente quedan por $60.000 más gastos de servicio.
(*) Conductor de Resistiendo con Ideas (Lunes a viernes de 20 a 21 horas)





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