Por Marcelo “Gaucho” Yaquet (*)
El resultado electoral no puede leerse sin atender a la intervención estadounidense. Trump y el Tesoro jugaron fuerte para consolidar su control sobre la economía y la política argentina. Pero el otro dato es interno: mientras Milei jugó a “ganar o morir”, la dirigencia del campo popular jugó a no hacer olas. Y esa diferencia pesó.
El dato político poselectoral más denso —y que no se explica con papers, gráficos ni porcentajes— es que el gobierno argentino está intervenido, de hecho, por la Casa Blanca.
La intervención descarada del Estado norteamericano, subiéndose al escenario nacional en plena coyuntura electoral, fue la marca distintiva de estas elecciones.
La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y del secretario del Tesoro norteamericano de “jugarse” para evitar el colapso económico y político del gobierno argentino les otorgó un alto rédito: se reflejó en el resultado electoral del 26 de octubre y consolidó su control sobre la economía, las relaciones internacionales y el armado político e institucional del país.
A esa intervención política se sumó la intervención material: el Tesoro estadounidense puso los dólares necesarios para sostener el “plan económico de los muchachos del JPMorgan”: Caputo, ministro de Economía; Daza, viceministro; Bausili, presidente del Banco Central; Werning, su vicepresidente; y Quirno, a cargo de Relaciones Exteriores (todos cumplieron servicio en la corporación financiera del JPMorgan).
En pocos días sabremos si la intervención descarada del Estado norteamericano busca cerrar la actual versión de la bicicleta financiera, salirse del carry trade asegurando el cash verde para sus “amigos” financieros, o si, también, se trata de una subordinación absoluta del Estado argentino al “juego” geopolítico y financiero del imperio trumpista y sus amigos.
Ganen o mueran
“Ganen o mueran”, la frase de Trump, no fue una humillación al presidente argentino: fue una orden. Javier Milei es su jugador, y asumió su papel con su impronta “genuina y alocada”: megáfono en mano y show en el Movistar Arena, sin apartarse del libreto neoliberal-libertario (programa) a rajatabla.
El segundo dato de la coyuntura electoral es que Milei, “con o sin pañales”, se puso la campaña al hombro contra viento y marea: disputas internas, corrupción, coimas, 3%, represión, inflación, vínculos con el narcotráfico de su candidato principal, falta de dólares, despidos, ataques a jubilados y jubiladas, crueldad hacia las personas con discapacidad, entre otros. Avanzó sin titubeos, cuando encontró el camino señalado por las fuerzas del cielo del norte.
Al mismo tiempo, el agite comunicacional a todo o nada de Trump y Bessent hacía su parte: “Si Milei no gana las elecciones, no vamos a ser generosos con la Argentina”, “la Argentina se está muriendo”. Frases de sintonía amenazante que lograron calar en un sector del electorado.
Frenar a Milei fue la consigna predominante de la alianza política-electoral de Fuerza Patria.
El espíritu general de la campaña fue no hacer olas, apostando a la idea de no hacer nada, ya que los errores del mileismo van hacer que los votos vengan a nosotros. Es verdad, que la victoria electoral de Fuerza Patria, en la PBA del 7 de septiembre, consolidó la impronta electoral hacia el 26 de octubre. Se esperó, y no se tomó cuenta de la magnitud de la intervención norteamericana, ni del despliegue electoralista de Milei; y se nos escapó la tortuga.
El núcleo duro mileista, estaba convencido que había que “ganar o morir”, por sus propósitos. Salvo excepciones, los nuestros estaban jugando a lo electoral, no olas, no campaña, no propuestas, a la defensiva y desbordados por el agite interno y pensando en el 2027.
No jugamos a “Ganar o Morir”, y eso se notó.
(*) Corriente Política 17 de Agosto














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